El otoño llegó a la capital vistiendo los parques de tonos dorados y ocre, pero para mí no trajo la belleza de la estación, sino una sensación de asfixia inminente que me cerraba la garganta. Faltaban exactamente dos semanas para el vuelo programado a Francia, donde se llevaría a cabo la fastuosa boda que el padre de Irene había planeado al milímetro. Mi apartamento estaba invadido por maletas de viaje, catálogos de etiqueta parisina y listas infinitas de invitados cuyos rostros ni siquiera conocía. Me sentía como un espectador en mi propio hogar.
Una mañana, mientras revisaba unos detalles técnicos del Teatro Nacional en mi computadora, el teléfono de mi escritorio vibró con un sonido seco. En la pantalla digital parpadeó un número con un código de larga distancia que congeló mis dedos de inmediato: era la clave de San Miguel de los Sauces. Hacía años que nadie me llamaba desde aquel prefijo.
Al atender, la voz pausada, carrasposa y formal de un abogado anciano del pueblo me devolvió la realidad de golpe. Me informaba que los trámites de sucesión y el testamento de mi difunto abuelo finalmente habían concluido sus procesos legales en el registro civil. Su última voluntad era contundente: me nombraba heredero universal de la vieja estructura de la botica familiar y de unas cuantas hectáreas baldías que daban hacia el valle, terrenos originales que, a diferencia de los bienes muebles, nunca habían sido vendidos ni tocados durante el éxodo. El local seguía allí, clausurado y esperándome.
Colgué el auricular despacio y miré a Irene, quien en ese mismo momento discutía acaloradamente por teléfono con la organizadora de bodas en París sobre el tono exacto de las mantelerías que se usarían en el banquete. Sentí que el piso de ingeniería de mi apartamento cedía bajo mis pies. El pasado volvía a golpear mi puerta con fuerza, ofreciéndome una última e inesperada oportunidad de escapar de la red de mentiras en la que me había metido.
—Tengo que viajar a San Miguel de inmediato, Irene —anuncié, interrumpiendo su conversación con un tono de voz tan firme y rotundo que la obligó a bajar el teléfono de golpe.
—¿Ahora? ¿Te has vuelto completamente loco, Caleb? —respondió ella, mirándome con total incredulidad y desdén —. Faltan diez días para el vuelo a Francia. Deja que ese abogado de pueblo lo resuelva todo por correo o mediante un poder legal. No tenemos tiempo para tus nostalgias rurales.
—No —dije, sosteniendo una determinación que no me reconocía a mí mismo, una fuerza que había estado dormida bajo el asfalto durante una década entera —. Tengo que ir yo mismo. Necesito ver ese lugar una última vez antes de dar este paso, cambiar mi vida para siempre y subirme a ese altar.
Irene me contempló con fijeza, entornando los ojos con una rabia fría, intuyendo finalmente la presencia de esa sombra innombrable y floral que siempre había habitado en mis silencios nocturnos y que ella tanto despreciaba.
—Si cruzas esa puerta para ir a ese maldito pueblo moribundo, Caleb —advirtió con una voz gélida que cut el aire del apartamento—, no te molestes en comprar tu boleto a París. No tengo la más mínima intención de casarme con un hombre que camina hacia el altar mirando continuamente hacia atrás.
La miré por unos segundos en silencio, sintiendo cómo el peso asfixiante del Teatro Nacional, de los cócteles de etiqueta y de las apariencias sociales se desprendía de mis hombros como un abrigo viejo y pesado.
—Lo siento, Irene —dije en un susurro sincero, desprovisto de ira.
Tomé una sola maleta de mano, agarré con firmeza la caja de metal con las cartas que nunca me atreví a enviar y salí definitivamente del apartamento. Dejaba atrás el éxito artificial de la capital, pero por primera vez en diez años exactos, sentía que caminaba con paso firme hacia la luz.