El autobús de línea me dejó en la entrada del pueblo a las seis de la mañana, justo cuando la niebla del valle comenzaba a levantarse. Al bajar los escalones metálicos, el frío me golpeó la cara, pero lo que de verdad me cortó la respiración fue el silencio. El San Miguel de los Sauces que yo guardaba en mis cuadernos de dibujo, el de los campos vibrantes y el ajetreo floral, parecía ahora una fotografía descolorida por el olvido. Muchas de las fachadas de la calle principal estaban tapiadas con maderas y el aire ya no olía a jazmines; olía a humo de leña vieja y a humedad.
Caminé arrastrando mi maleta hacia la botica del abuelo. La madera blanca de la entrada estaba descascarada y los cristales tenían una capa de polvo tan gruesa que no dejaba ver el interior. Cuando metí la llave oxidada en la cerradura, el mecanismo protestó con un quejido agudo que resonó en la calle desierta. Adentro, el tiempo se había congelado. Olía a papel viejo, a los frascos de vidrio vacíos y a los restos de lavanda seca que mi abuelo usaba para sus remedios. Dejé mi maleta a un lado y coloqué la caja de metal con las cartas sobre el mostrador polvoriento. Estaba solo en un pueblo que parecía extinguirse. Había dejado atrás un compromiso, un banquete en París y el proyecto del Teatro Nacional, pero al mirar el techo agrietado de la botica, sentí que mis pulmones se expandían de verdad por primera vez en diez años. Estaba en el lugar correcto, aunque todo estuviera en ruinas.