El Camino De Las Flores

Capítulo 17: La firma del pasado (Perspectiva de Dana)

La carta notarial llegó a mi oficina de la costa sur un martes por la tarde, rompiendo la paz mecánica de mis balances de aduana. El documento informaba del fallecimiento de mi tío en el extranjero y me nombraba única heredera de una propiedad que yo creía perdida en los laberintos de las deudas familiares: las hectáreas baldías del viejo invernadero de mi padre en San Miguel de los Sauces.

—Tienes que viajar a liquidar esas tierras lo antes posible, Dana —me dijo mi jefe, apoyándose en mi escritorio corporativo con esa condescendencia tan típica de quien solo ve el mundo en números—. Si no firmas la posesión y la orden de venta antes de que termine el otoño, el municipio confiscará los terrenos por falta de pago de impuestos. Es mejor que saques algo de dinero de ese lugar abandonado.

Miré por la ventana de la oficina. Afuera, el mar del sur estaba gris, embravecido y hostil, estrellándose contra los acantilados con una furia sorda. Este exilio me había dado la estabilidad económica que necesitaba para sobrevivir, la frialdela de las cifras me blindaba contra los imprevistos de la vida, pero jamás le había dado calidez a mi existencia. Sentí un tirón violento en el pecho, el mismo impulso ciego de la hiedra que busca una superficie sólida a la cual aferrarse para no caer. Un vértigo que no sentía desde hacía exactamente diez años.

—Prepararé mis maletas hoy mismo —le respondí, cerrando mi computadora con firmeza, aunque mis dedos temblaban levemente sobre la carcasa metálica—. Solicito una semana de licencia. Necesito viajar al pueblo y cerrar ese capítulo para siempre.

Cuando mi jefe se retiró, la oficina quedó sumida en un silencio sepulcral. Volví a clavar la vista en el papel oficial. La tinta negra deletreaba el nombre del pueblo como si fuera una condena o un fantasma: San Miguel de los Sauces. Durante una década me había esforzado en construir una fortaleza de cemento alrededor de mis recuerdos. Había aprendido a respirar el aire salino del sur y a enterrar el aroma de la lavanda y de la tierra húmeda.

Sin embargo, el destino tiene una caligrafía caprichosa. Firmar esa orden de venta no era solo un trámite burocrático; era el acto final de desmantelamiento de mi propia historia. Significaba borrar las huellas de mi padre, el legado de las flores y, sobre todo, la última posibilidad de encontrar el eco de una voz que me juró, bajo un puente de piedra, que el invierno nunca sería eterno.

Guardé el documento en mi bolso de piel, sintiendo su peso como si cargara una losa. Iba a regresar, sí, pero no a recordar. Volvería armada con la frialdad de una jefa de contabilidad, dispuesta a vender el pasado al mejor postor y a regresar a mi refugio gris antes de que la escarcha del norte lograra derretir mi armadura. O al menos, eso era lo que intentaba hacerme creer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.