Manejar el automóvil de alquiler por el Camino de las Flores después de una década de ausencia fue una experiencia devastadora. El invernadero de mi infancia, el lugar donde pasé las mañanas con las manos manchadas de tierra fértil, era ahora un esqueleto patético de vigas podridas y plásticos desgarrados que aplaudían con el viento helado. La maleza salvaje y los cardos espinosos habían colonizado el suelo donde mi padre cultivaba los girasoles.
Apagué el motor y me bajé, protegiéndome del viento con mi bufanda de lana. Caminé entre los escombros hasta llegar a los restos del viejo cobertizo de herramientas, el punto exacto donde Caleb me había entregado el sobre con las semillas de nomeolvides antes de subirme al camión de mudanzas. Me llevé la mano al bolsillo del abrigo; mis dedos tocaron el papel madera desgastado. El sobre se encontraba allí, arrugado, con las semillas tintineando como el eco de una promesa que el tiempo se había encargado de romper." —Sabía que la tierra siempre termina llamando a los suyos —dijo una voz carrasposa a mis espaldas.
Me giré y reconocí a Don Mateo, el viejo panadero, que avanzaba despacio apoyado en su bastón.
—Don Mateo... —forcé una sonrisa, conteniendo las lágrimas —. El pueblo está muy cambiado.
—Los jóvenes se van a las ciudades de asfalto, Dana, y los viejos nos quedamos a cuidar los recuerdos. Pero no todos se han marchado. El nieto del boticario regresó hace una semana. Está encerrado en la vieja botica, limpiando el polvo.
El corazón me dio un vuelco tan violento que me dolió el pecho. Caleb estaba en el pueblo, a unas pocas calles de distancia, respirando el mismo aire frío que yo.