Caminé por la acera empedrada de la calle principal mientras la noche caía de golpe sobre San Miguel, trayendo consigo una helada que congelaba el aliento. El pueblo estaba a oscuras, pero al acercarme a la antigua botica, una luz cálida y mortecina se filtraba por el ventanal limpio. Me detuve en seco. A través del vidrio, vi una silueta de espaldas, subida a una pequeña escalera de madera, acomodando unos libros viejos en el estante superior. Llevaba una camisa de franela a cuadros con las mangas enrolladas hasta los codos, revelando unos brazos fuertes y manchados de hollín.
A mi mente regresó de inmediato el chico de diecisiete años del que me había enamorado, pero mezclado con el hombre elegante de la sala de juntas de la capital. Sentí que las piernas me temblaban. Todo el pragmatismo que había construido en el sur, mi armadura de contadora eficiente y mis decisiones lógicas se evaporaron ante esa silueta. Apoyé la mano en el picaporte de hierro y empujó la puerta. El sutil tintineo de la campana anunció mi llegada, rompiendo el silencio sepulcral del local.
Caleb se giró con tanta prisa que el libro que sostener resbaló de sus dedos, cayendo al suelo con un golpe seco.
—¿Dana? —susurró, mirándome como si fuera un fantasma.
—Hola, Caleb —respondí en voz baja, manteniéndose rígida junto a la puerta, temiendo que, si daba un paso más, la atmósfera del lugar me atraparía para siempre.
Él no lo dudó. Bajó los escalones de la escalera con rapidez, cruzó el espacio que nos separaba y me rodeó con sus brazos antes de que yo pudiera interponer una sola palabra. Fue un abrazo desesperado, estrecho, cargado con todo el frío acumulado de los años de separación. Intenté mantener la compostura, aferrarme a mi distancia, pero al sentir el calor de su pecho y su aroma familiar, me quebré por completo. Lo abracé con fuerza, escondí el rostro en su hombro y comencé a llorar en silencio por todo lo que la vida nos había negado.