El Camino De Las Flores

Capítulo 20: La caja de metal (Perspectiva de Caleb)

Sentir el cuerpo de Dana temblar contra mi pecho en mitad de la botica fue la sacudida más violenta de mi vida. No era un sueño; ella estaba allí, llorando en mi hombro, rompiendo toda la distancia que nos había separado durante una década. La guíe hacia la trastienda, donde una pequeña estufa de hierro fundido comenzaba a calentar el ambiente, y preparé una tetera con té caliente. Nos sentamos frente a frente, y por primera vez, nos miramos sin contratos ni fachadas de por medio.

Fui hacia el mostrador, tomé la vieja caja de metal y la coloqué entre los dos sobre la mesa. Saqué la llave de mi bolsillo, abrí la cerradura y levanté la tapa, revelando las docenas de cartas amarradas con hilos que le había escrito durante los últimos años.

—Todas son para ti, Dana —le dije, sosteniéndole la mirada —. Nunca supe a dónde enviarlas cuando te fuiste al sur, pero necesitaba escribirlas por las noches para no perder la cordura en la capital. Cancelé la boda, Dana. Rompí con Irene y no compré el boleto a París. No podía unirme a nadie mientras mi mente y mi corazón siguieran atrapados aquí... contigo.

Dana extendió los dedos y tocó una de las cartas, con los ojos empañados en lágrimas.

—Yo también guardé las semillas de nomeolvides, Caleb —confesó, sacando el sobre arrugado de su abrigo —. Todos los días de mi vida he pensado en lo que dejamos ir en aquella estación de tren. Pero mírame... míranos ahora. Tengo un puesto estable en el sur, tú tienes una reputación en la capital. Este pueblo se está cayendo a pedazos. No podemos pretender vivir únicamente de recuerdos nostálgicos.




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