El viento racheado del norte comenzó a golpear con fuerza los ventanales de la botica, haciendo crujir la estructura de madera vieja, pero adentro el calor de la estufa nos mantenía a salvo. Me acercé más a Dana, me arrodillé sutilmente a su lado y le tomé las manos, que seguían heladas a pesar de la cercanía del fuego.
—Yo no quiero vivir de los recuerdos del pasado, Dana —le dije, apretando sus dedos con firmeza —. Quiero que construyamos algo real y nuevo aquí. Mi abuelo me heredó esta botica y los terrenos colindantes. No voy a venderlos. Quiero usar mis conocimientos de arquitectura para restaurar el lugar y diseñar un proyecto ecológico y floral que reactive San Miguel. Pero sé perfectamente que no puedo hacerlo solo. No tiene sentido levantar paredes si tú te vuelves a marchar en ese auto de alquiler.
Pude ver en sus ojos la tremenda batalla que se estaba librando en su mente. Su parte analítica, esa contadora fría que la gran ciudad había moldeado, intentaba protegerla del riesgo del fracaso. Quedarse significaba renunciar a su seguridad y arriesgarse en una tierra que ya nos lo había quitado toda una vez.
—Necesito tiempo para pensar, Caleb —respondió ella, con la voz temblando por la incertidumbre —. Estoy cansada. No me pidas que firme un contrato con el corazón cuando toda mi lógica me dice que esto es un terrible error de cálculo.
La miré con dolor, pero también con un respeto infinito por sus temores. Solté sus manos despacio y me puse de pie.
—Tómate todo el tiempo que necesites, Dana. No te voy a presionar. Pero quiero que sepas una cosa: esta vez no voy a abordar ningún tren. Estaré esperándote en esta botica. No me voy a mover de este pueblo.