La valiente renuncia de Dana a su antigua vida no trajo una magia instantánea; por el contrario, inauguró un invierno de extenuante trabajo físico y sacrificios compartidos. Guardé de forma definitiva mis trajes de diseñador de la capital y los cambié por botas de cuero y guantes de lona. Utilizando mis conocimientos en arquitectura, me dediqué a rediseñar por completo el invernadero familiar de Dana. No sería una copia del antiguo cobertizo; diseñé una estructura moderna hecha con vigas de madera noble recuperada y enormes paneles de cristal térmico que aprovecharían cada rayo del sol invernal.
Dana se encargó de la ingeniería financiera. Utilizó sus ahorros y solicitó un subsidio gubernamental para la reactivación de zonas rurales desfavorecidas. Pasaba las noches en la trastienda de la botica, cuadrando presupuestos al centavo y negociando precios con proveedores de sustratos y bulbos. A menudo, a altas horas de la madrugada, cuando el frío arreciaba, me acercaba a su escritorio y le dejaba una taza de café humeante.
—Estás usando otra vez esa mirada implacable de jefa de contabilidad corporativa —le decía, rodeándole los hombros con mis brazos.
Dana levantaba la vista de los balances, estiraba con un suspiro los músculos del cuello y me tomaba la mano.
—Alguien en esta casa tiene que vigilar que tus hermosos techos de cristal de diseño no nos dejen en la quiebra antes de la primavera, arquitecto.