A mediados de febrero, la silueta del nuevo invernadero se erguía al final del sendero como un faro de luz y absoluta transparencia. Había diseñado la estructura para que desafiara la monotonía gris del paisaje invernal, combinando la calidez de la madera noble recuperada con la modernidad de los enormes paneles de cristal térmico. Los pocos ancianos que aún quedaban en San Miguel de los Sauces modificaban sus paseos diarios solo para pararse junto a la valla, asombrándose en silencio al ver cómo el lugar recobraba la dignidad.
Cuando llegó el primer camión cargado de sustrato orgánico, Dana y yo no perdimos un segundo. Empezamos las extenuantes jornadas de siembra trabajando codo con codo desde el amanecer. Plantamos rosas y lirios para asegurar el sustento económico inmediato, pero reservamos la parcela más rica, justo al lado de la gran puerta de entrada, para las pequeñas semillas de nomeolvides que habíamos custodiado en nuestros bolsillos durante una década.
Un atardecer, mientras limpiábamos las herramientas con las manos manchadas de fango, me detuve a mirarla. El sol poniente se filtraba de manera oblicua a través de los cristales, tiñendo su piel de un tono dorado. Tenía una ligera mancha de lodo oscuro en la mejilla, un calco exacto de la primera tarde en que nos habíamos conocido a los diecisiete años bajo ese mismo cielo.
—Sigues siendo exactamente la misma hiedra de la que me enamoré —le dije, acortando la distancia para besarle la frente.
Dana cerró los ojos, disfrutando del contacto, y me abrazó por la cintura con fuerza.
—Y tú sigues buscando la luz del sol como los girasoles —respondió en un murmullo —. Y creo que, después de tantas tormentas, finalmente la hemos encontrado juntos.