A principios de marzo, el aire del valle comenzó a entibiarse de verdad. Una mañana, antes de que el sol lograra asomarse por completo detrás de las colinas, entré al invernadero para verificar los termostatos digitales. Al caminar distraídamente hacia la parcela reservada junto a la entrada, me detuve en seco. Ahogué un grito de pura sorpresa con las manos en la boca y corrí a toda prisa de vuelta a la botica para buscar a Caleb.
—¡Caleb, ven rápido! ¡Deja lo que estés haciendo y ven a ver esto! —exclamé con el corazón galopando de la emoción.
Él corrió tras de mí, asustado por la urgencia de mi tono de voz. Al entrar al recinto, me limité a señalar el suelo con el dedo tembloroso. Allí, rompiendo con terquedad la costra superficial de la tierra negra, decenas de diminutos brotes de un verde intenso comenzaban a asomarse en hileras perfectas. Eran nuestras nomeolvides.
Caleb se arrodilló lentamente al lado de las plantas. Pasó las yemas de sus dedos agrietados por el trabajo por las hojas minúsculas con una delicadeza extrema, temiendo dañarlas.
—Soportaron el invierno, Dana —dijo con la voz quebrada —. Estuvieron dormidas todos estos años en el fondo de nuestros bolsillos, pero sabían exactamente qué hacer en cuanto encontraran la tierra correcta.
Me arrodillé a su lado sobre el suelo húmedo, entrelazando mis dedos con los suyos de la misma manera en que las raíces comenzaban a unirse bajo la superficie.
—Nosotros también supimos soportar nuestro propio invierno, Caleb —le dije, mirándolo con una paz que no recordaba haber sentido jamás —. Ya va siendo hora de que dejemos de tener miedo a florecer.