El éxito del nuevo invernadero "El Camino de las Flores" no tardó en traspasar los límites del valle. El diseño arquitectónico que combinaba la tradición maderera del pueblo con la sustentabilidad de los paneles térmicos fue objeto de un reportaje en una prestigiosa revista nacional. Los turistas comenzaron a llegar los fines de semana, atraídos por la curiosidad de ver también la vieja botica totalmente restaurada, donde Dana ahora exhibía y vendía esencias naturales y tés florales artesanales elaborados con sus propias manos.
El alcalde del pueblo, contagiado por el evidente resurgimiento económico, convocó a una junta vecinal y propuso recuperar el antiguo "Festival de la Primavera de San Miguel", una colorida celebración tradicional que se había perdido hacía quince años debido al éxodo de los jóvenes. La noche del festival, la plaza principal se llenó de hileras de luces cálidas colgantes y mesas comunales donde los vecinos compartían comida y vino. El aire de San Miguel volvía a oler con fuerza a jazmines maduros y a lavanda fresca.
Dana y yo caminábamos de la mano entre la multitud, deteniéndonos a cada paso para recibir los abrazos sinceros de los ancianos, quienes veían con lágrimas en los ojos cómo sus hijos empezaban a llamar por teléfono desde las ciudades para considerar seriamente la posibilidad de regresar a la raíz.
—Lo logramos, Dana —le mencioné al oído, guiándola con suavidad hacia el centro de la pista de madera improvisada bajo las estrellas.
—No, mi amor —me corrigió ella con una sonrisa radiante, rodeando mi cuello con los brazos mientras nos movíamos al ritmo de una melodía tradicional —. El camino de las flores lo logró por sí mismo. Nosotros dos solo tuvimos el valor suficiente para seguir caminando por él sin soltarnos.