Al regresar a la botica esa misma noche, con los ecos lejanos de la música del festival colándose de manera sutil por las rendijas de las ventanas y el corazón latiendo con una ligereza que creía perdida para siempre, nos refugiamos en la intimidad de la trastienda. El cansancio físico de toda la jornada se sentía con fuerza en el cuerpo, pero ninguno de los dos tenía la más mínima intención de querer dormir; el presente se había vuelto demasiado hermoso, vibrante y real como para desperdiciarlo cerrando los ojos en la penumbra.
Caleb caminó decididamente hacia el mostrador principal de la botica, tomó entre sus manos la vieja caja de metal que descansaba allí desde el día de su llegada, y regresó a la mesa de madera de la trastienda sosteniéndola con un respeto casi religioso. Nos sentamos juntos en la alfombra, muy cerca del calor reconfortante que emanaba de la chimenea. Colocó la estructura metálica entre nosotros, sacó la pequeña llave del bolsillo de su pantalón y abrió la cerradura con un chasquido limpio, rotundo y definitivo que pareció romper también un candado en nuestro interior.
—Ya no tengo la más mínima necesidad de seguir guardando esto bajo llave, Dana —dijo, acariciando la tapa metálica desgastada con una sonrisa mansa, libre de las tensiones del pasado. —El hombre que escribió cada una de estas páginas a altas horas de la madrugada estaba atrapado en el asfalto de la capital, lleno de dudas, de culpas absurdas y de una profunda, insoportable nostalgia. El hombre que soy hoy, el que está aquí sentado en la alfombra contigo, ya tiene absolutamente todo lo que necesita en esta vida justo frente a él.
Extendí los dedos con suavidad y tomé una de las tantas cartas manuscritas que formaban el fajo amarrado. Con las manos temblorosas por la oleada de emoción que me recorrió el pecho, desdoblé el papel despacio, acariciando la caligrafía apresurada de Caleb, y leí un pequeño fragmento en voz alta, dejando que mi voz compitiera con el chisporroteo constante de la leña en el fuego:
—“Hoy es 14 de noviembre. Está lloviendo a cántaros en la capital y el tráfico es un caos absoluto. Me encuentro atrapado en el estudio y no puedo evitar preguntarme si en el lugar donde estás tú ahora también llueve de la misma manera, y si todavía recuerdas el sonido del agua corriendo bajo nuestro puente de piedra. Te amo, Dana, incluso en medio de este terrible silencio”.
Las lágrimas rodaron de inmediato por mis mejillas, pero esta vez no eran lágrimas de dolor, amargura o frustración; eran de pura y absoluta liberación. Doblé el papel con un cuidado infinito, devolviendo la carta a su lugar, y miré fijamente a Caleb a los ojos.
—No las vayas a quemar en la chimenea, por favor —le pedí en un susurro apenas audible, entrelazando mis manos con las suyas. —Vamos a guardarlas todas dentro del nuevo invernadero. Las enterraremos profundamente, bajo la tierra fértil, justo entre las raíces del gran sauce principal que plantamos cerca del agua. Que sirvan de abono eterno y cimiento para nuestro futuro compartido. Que le recuerden para siempre a la tierra de este pueblo que nuestro amor, si algo demostró ser a lo largo de este invierno, es paciente.