El Camino De Las Flores

Capítulo 29: El testigo de piedra (Perspectiva de Caleb)

A la mañana siguiente, el valle amaneció cubierto por una neblina baja que se disipaba rápidamente bajo un sol dorado y maduro. Caminamos tomados de la mano hasta el viejo puente de piedra que cruzaba el río del pueblo, el sitio exacto donde nos habíamos entregado nuestro primer beso en la adolescencia. El agua corría con una fuerza inusual y un sonido cristalino, alimentada por el deshielo de las montañas. Los sauces llorones que bordeaban las orillas ya no lucían grises ni esqueléticos; sus ramas caídas se encontraban cubiertas de brotes nuevos, tiernos y de un verde vivo.

Me detuve justo en medio del puente, interrumpiendo el paso. El viento fresco de la mañana le alborotaba el cabello castaño a Dana, quien se giró para mirarme, extrañada por mi repentino silencio. La contemplé con una solemnidad tan profunda que a ella se le dibujó una sonrisa espontánea en los labios.

—Dana, la primera vez que estuvimos parados en este mismo puente, siendo apenas unos niños que no sabían nada del mundo, te hice la promesa de que jamás te soltaría. La vida nos obligó a soltarnos de las manos durante mucho tiempo, es verdad; pero hoy sé, con total certeza, que nunca logró soltarnos el alma. No tengo conmigo un anillo de diamantes costoso traído de las joyerías de la capital, ni te organicé una propuesta elegante en una iglesia lujosa...

Dejé inconclusa la frase. Metí la mano derecha en el bolsillo de mi abrigo de lana y saqué una pequeña y delicada sortija trenzada con paciencia. La había confeccionado yo mismo esa madrugada, utilizando tallos verdes y flexibles de nomeolvides y coronándola con un pequeño, vivo y brillante brote azul que acababa de cortar de la parcela del invernadero.

—¿Quieres casarte conmigo, Dana? —pregunté, arrodillándome sutilmente y sosteniendo la sortija floral frente a ella —. ¿Quieres pasar el resto de tus estaciones en este pueblo, plantando flores, levantando proyectos y envejeciendo a mi lado?

Dana no me permitió agregar una sola palabra más. Se lanzó directamente a mis brazos, rodeando mi cuello con una fuerza desesperada mientras el anillo de flores encontraba su lugar perfecto en su dedo anular.

—Sí, Caleb. Mil veces sí —respondió entre risas y lágrimas, besándome con pasión —. Mi verdadero lugar en el mundo siempre fue este, aquí mismo, enraizada profundamente a ti.




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