El Candidato Perfecto

Capítulo 2: Dos desconocidos bajo las estrellas

Nunca pensé que terminaría mi noche sentada en un parque con un hombre cuyo nombre ni siquiera sabía.

Mucho menos pensé que ese hombre sería quien sostendría mi mano mientras yo intentaba convencerme de que no estaba rota.

La ciudad seguía despierta.

Las luces de los edificios iluminaban el cielo oscuro y el ruido lejano de los autos parecía una canción de fondo para una noche que no tenía sentido.

Él caminaba a mi lado en silencio.

No era un silencio incómodo.

Era extraño.

Porque después de diez años con Daniel, había olvidado lo que era estar junto a alguien que no intentaba llenar cada espacio con palabras vacías.

Finalmente llegamos a un pequeño parque privado cerca del centro.

Había árboles enormes, bancos de madera y pequeñas luces colgando entre las ramas.

Él se sentó en el césped y sacó una botella de vino que había comprado en el camino junto con dos vasos.

Lo miré sorprendida.

—¿Siempre llevas vino cuando rescatas desconocidas de restaurantes?

Él soltó una risa.

Una risa real.

No una de esas sonrisas falsas que los hombres usaban en eventos elegantes.

—No.

Sirvió un poco en mi vaso.

—Normalmente intento no besar mujeres que acabo de conocer.

Levanté una ceja.

—Qué alivio. Pensé que era una costumbre.

—No, créeme. Mi madre estaría orgullosa de saber que al menos algunas de mis malas decisiones son nuevas.

Por primera vez esa noche sonreí.

Una sonrisa pequeña.

Pero verdadera.

Él me miró.

Y parecía sorprendido.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Esa sonrisa.

Bajé la mirada.

—¿Qué tiene?

—Que hace cinco minutos estabas lista para destruir a un hombre delante de cien personas y ahora pareces una chica completamente diferente.

Suspiré.

—No estaba destruyendo a nadie.

—No.

Tomó un sorbo de vino.

—Estabas intentando no destruirte a ti misma.

Sus palabras me golpearon.

Porque era cierto.

Aparté la mirada.

—Diez años.

Él esperó.

—Estuve diez años esperando.

Mi voz comenzó a quebrarse.

—No le estaba pidiendo una boda de película. No quería un castillo ni un diamante gigante. Solo quería saber que la persona que decía amarme también quería construir algo conmigo.

Él guardó silencio.

—¿Sabes qué es lo peor?

Me limpié una lágrima antes de que pudiera caer.

—Que no me duele que haya dicho que no.

Lo miré.

—Me duele que después de diez años todavía no supiera decirme por qué.

El hombre a mi lado bajó la mirada.

Por primera vez vi algo diferente en él.

Dolor.

—A veces las personas se acostumbran tanto a tener algo bueno que dejan de preguntarse qué pasaría si lo pierden.

Lo observé.

—Hablas como si lo hubieras vivido.

Él sonrió ligeramente.

—Quizás.

El viento movió los árboles.

Durante unos segundos solo escuchamos la noche.

Entonces recordé algo.

—Espera.

Lo miré.

—Ni siquiera sé tu nombre.

Él soltó una pequeña risa.

—Eso es cierto.

Me extendió la mano.

—Adrián Alexander Blackwood.

Parpadeé.

—¿Blackwood?

—Sí.

—¿El empresario?

Él hizo una mueca.

—Desafortunadamente.

Me quedé mirándolo.

Adrián Blackwood era conocido.

Millonario.

Dueño de una de las compañías de tecnología y arquitectura más importantes del país.

Un hombre que aparecía en revistas.

Un hombre que las mujeres perseguían.

Y estaba sentado en un parque conmigo, bebiendo vino barato de una botella de emergencia.




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