El Candidato Perfecto

Capítulo 3: La mañana del anillo

Lo último que recordaba era reír.

Eso era lo más extraño.

Después de una noche que había comenzado con mi corazón hecho pedazos, lo último que recordaba era estar riendo.

No llorando.

No sufriendo.

Riendo.

Adrián y yo habíamos seguido caminando por la ciudad sin rumbo fijo. Hablamos de cosas importantes y de cosas completamente absurdas.

Descubrí que odiaba el café demasiado dulce.

Que tenía una obsesión extraña por ordenar los libros por colores.

Que era incapaz de cocinar pasta sin quemarla.

Y él descubrió que yo cantaba cuando estaba feliz, aunque tuviera la peor voz del mundo.

—Eso es una mentira —le dije entre risas.

—Valentina, casi rompes una ventana.

—Era una canción difícil.

—Era una canción infantil.

Le lancé una mirada ofendida y él se rio.

Era fácil estar con él.

Demasiado fácil.

Tal vez por eso no me di cuenta de cuánto habíamos bebido.

Tal vez por eso no pensé que dos personas heridas podían tomar decisiones tan grandes cuando solo querían olvidar el dolor por unas horas.

Recuerdo las luces de la ciudad.

Recuerdo su mano sosteniendo la mía.

Recuerdo que me preguntó si alguna vez había hecho algo solo por mí.

Recuerdo haber respondido:

—No.

Y recuerdo que él dijo:

—Entonces esta noche haz algo que no tenga sentido.

Después...

Nada.

Un vacío.

Una parte perdida de la noche.

Abrí los ojos lentamente.

Lo primero que sentí fue una suave luz entrando por las cortinas.

Lo segundo fue una sensación extraña.

No estaba en mi habitación.

El techo era diferente.

La cama era diferente.

Y definitivamente...

Ese no era mi apartamento.

Parpadeé confundida.

Mi cabeza dolía como si un grupo de personas hubiera decidido hacer una fiesta dentro de ella.

—¿Qué...?

Intenté moverme.

Entonces vi mi mano.

Y mi respiración se detuvo.

Un anillo.

Un anillo de oro descansaba en mi dedo.

Me quedé mirándolo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Mi cerebro intentó encontrar una explicación lógica.

No encontró ninguna.

—No.

La palabra salió como un susurro.

—No, no, no...

Me senté rápidamente.

Y entonces lo vi.

Al otro lado de la cama estaba Adrián.

Dormido.

Completamente confundido igual que yo.

El hombre que había conocido la noche anterior.

El hombre que había besado delante de un restaurante lleno de personas.

El hombre que había bromeado con convertirse en mi candidato.

Estaba ahí.

En mi cama.

Con un anillo igual al mío en su mano.

Lo miré.

Luego miré mi anillo.

Luego lo miré a él otra vez.

—Adrián.

Nada.

—Adrián.

Se movió lentamente.

—Cinco minutos más...

Lo miré incrédula.

—¿Cinco minutos?

Abrió un ojo.

Me vio.

Se quedó quieto.

Yo vi cómo su expresión cambiaba lentamente de sueño a confusión.

—Buenos días.

Lo miré sin expresión.

—¿Qué hicimos?

Él parpadeó.

Miró alrededor.

Luego bajó la vista hacia su mano.

Su cara perdió todo color.

—Oh.

Silencio.

—Oh, no.

Me crucé de brazos.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.