La primera regla para resolver un problema era encontrar la causa.
Eso decía mi padre.
El problema era que, en este caso, encontrar la causa significaba descubrir por qué dos personas que se conocían desde hacía unas horas tenían anillos de matrimonio en sus manos.
Y sinceramente...
Prefería enfrentar una reunión con veinte inversionistas antes que explicar esto.
—Bien —dijo Adrián mientras caminaba por la habitación recogiendo sus cosas—. Vamos a pensar.
Lo miré desde la cama.
—Eso espero. Porque yo todavía estoy esperando despertar.
Él sonrió.
—Créeme, yo también.
Tomé una almohada y se la lancé.
La atrapó sin esfuerzo.
Por supuesto.
Porque al parecer, además de millonario, guapo y dueño de una sonrisa molesta, también tenía reflejos de superhéroe.
Qué conveniente.
—¿Recuerdas algo? —pregunté.
Adrián se quedó pensativo.
—Recuerdo el parque.
—Yo también.
—Recuerdo que hablamos.
—También.
—Recuerdo que caminamos.
Asentí.
—Después de eso...
Ambos nos quedamos en silencio.
Intentando buscar algo en nuestra memoria.
Nada.
Solo pequeños fragmentos.
Luces.
Risas.
Una canción sonando en algún lugar.
Y una iglesia.
Me quedé quieta.
—Espera.
Adrián me miró.
—¿Qué?
Cerré los ojos intentando recordar.
—Una puerta.
Él frunció el ceño.
—¿Qué puerta?
—Una puerta grande. De madera.
Me levanté lentamente.
—Había luces afuera.
Adrián abrió los ojos.
—Una capilla.
Lo miré.
—¿Recuerdas eso?
—Ahora sí.
Se pasó una mano por el rostro.
—Recuerdo que pasamos frente a una capilla abierta.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Y entramos?
Silencio.
Adrián me miró.
Yo lo miré.
Los dos dijimos al mismo tiempo:
—Entramos.
Una hora después estábamos frente a una pequeña capilla en una calle tranquila de la ciudad.
Y ahí estaba.
El lugar donde nuestra vida había cambiado sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
La puerta de madera.
Las luces cálidas.
Las flores blancas en la entrada.
Adrián estacionó el auto y nos quedamos unos segundos mirando el edificio.
—No puedo creerlo.
Susurré.
—Yo tampoco.
Bajamos.
Al entrar, una mujer mayor que estaba arreglando unas flores levantó la mirada.
Y sonrió.
Una sonrisa demasiado grande.
Eso nunca era buena señal.
—¡Los recién casados!
Me quedé congelada.
Adrián tosió.
—Buenos días.
La mujer nos miró emocionada.
—Sabía que volverían.
Mi mirada fue hacia Adrián.
La suya hacia mí.
—¿Volveríamos?
La mujer soltó una pequeña risa.
—Claro. Después de una ceremonia tan bonita.
Mi boca se abrió.
—¿Ceremonia?
Ella asintió.
—La de anoche.
Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo.
Adrián se acercó.
—Señora, ¿podría explicarnos exactamente qué pasó?
La mujer nos miró.
Y entonces sacó un libro.
Un registro.
Lo abrió.
Y ahí estaba.
Nuestros nombres.
Valentina Alessandra De la Cruz.