El Candidato Perfecto

Capítulo 7: Un mundo que no conocía

Adrián

Si alguien me hubiera dicho que una boda podía sentirse como entrar a otro universo, me habría reído.

Hasta ese día.

Porque yo conocía las bodas.

O eso creía.

En mi mundo, una boda era un evento cuidadosamente organizado.

Llegabas.

Veías la ceremonia.

Escuchabas algunas palabras bonitas.

Hacías un brindis.

Sonreías para las fotografías.

Y después todos regresaban a sus vidas.

Todo era elegante.

Todo era correcto.

Todo era... distante.

Pero la boda de la familia de Valentina no tenía nada de distante.

Tenía vida.

Demasiada vida.

Después de la ceremonia pensé que finalmente vendría la parte tranquila.

Me equivoqué.

Porque cuando dijeron que era hora de la comida, todos comenzaron a moverse como si una nueva celebración acabara de comenzar.

La música aumentó.

Las conversaciones llenaron el lugar.

Las personas se levantaban para saludar a otras mesas.

Los niños corrían felices.

Y yo simplemente me quedé observando.

—¿Estás procesando todo esto? —preguntó Valentina a mi lado.

La miré.

—Estoy intentando entenderlo.

Ella sonrió.

—¿Entender qué?

Señalé alrededor.

—Todo.

Ella soltó una risa.

—Adrián, es una boda.

—No.

Negué lentamente.

—Esto no es solo una boda.

Ella me miró divertida.

—¿Entonces qué es?

Pensé unos segundos.

—No sé.

Miré a las personas abrazándose.

A los familiares riendo.

A los invitados hablando con personas que parecían conocer de toda la vida.

—Es como si todos aquí estuvieran celebrando algo más que un matrimonio.

Valentina sonrió.

—Porque lo están.

—¿Qué?

—Están celebrando a la familia.

Y por alguna razón esa respuesta tuvo sentido.

Cuando llegó mi plato, pensé que era una broma.

Lo miré.

Después miré a Valentina.

Después volví a mirar el plato.

—¿Esto es para una persona?

Ella miró mi expresión y comenzó a reír.

—Sí.

—¿Una persona adulta?

—Sí.

—¿No hay una familia escondida que viene a compartirlo conmigo?

Ella soltó una carcajada.

—Adrián.

Fruncí el ceño.

—Valentina, esto parece una montaña.

Y no estaba exagerando.

Había diferentes carnes.

Arroz.

Ensaladas.

Preparaciones que no reconocía.

Colores por todas partes.

Era un plato completamente diferente a cualquier cosa que hubiera comido en una boda.

A mi lado colocaron un vaso de jugo.

Lo observé con curiosidad.

—¿Qué es eso?

Valentina levantó una ceja.

—¿Nunca lo has probado?

Negué.

Ella sonrió.

—Es jugo de chinola.

Tomé el vaso.

—¿Chinola?

—Sí.

Probé un poco.

Y me quedé quieto.

Valentina me miró esperando mi reacción.

—¿Y?

Volví a tomar otro sorbo.

—Esto es peligroso.

Ella se rio.

—¿Peligroso?

—Sí.

Miré el vaso.

—Porque puedo acostumbrarme.

Ella sonrió orgullosa.

—Bienvenido.

Después apareció otro vaso.

—¿Y esto?

—Refresco.




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