Valentina
Siempre había pensado que mi empresa era mi lugar seguro.
Ahí no era la mujer que había sido rechazada en un restaurante.
No era la esposa accidental de un hombre que apenas estaba conociendo.
Era Valentina De la Cruz.
La mujer que había construido algo con sus propias manos.
Mi estudio de arte y diseño era mi orgullo.
Las paredes estaban llenas de cuadros, muestras de telas, bocetos y colores. Cada rincón tenía una parte de mí.
Por eso, cuando escuché una voz masculina preguntando por mí en recepción, no le di importancia.
Hasta que escuché:
—Busco a Valentina De la Cruz.
Esa voz.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Adrián.
Salí de mi oficina y me detuve.
Porque el hombre que estaba parado en medio de mi empresa no parecía el mismo empresario serio que había conocido.
Llevaba ropa casual.
Un pantalón oscuro, una camisa sencilla perfectamente ajustada y un estilo relajado que parecía decir que no había intentado verse bien.
Pero lo había logrado.
Y mucho.
En una mano llevaba flores.
En la otra, una pequeña sonrisa.
Y ese perfume...
Ese maldito perfume.
El mismo que me había hecho perder la concentración la noche de la boda.
Varias de mis empleadas estaban alrededor de la recepción.
Y entendí rápidamente por qué.
Algunas lo miraban como si acabara de entrar un modelo de revista.
Una de ellas incluso susurró:
—¿Es el nuevo modelo de la campaña?
Otra respondió:
—Si lo es, nadie me avisó.
Apreté los labios.
Perfecto.
Mi esposo accidental aparecía en mi empresa vestido así y todas estaban perdiendo la cabeza.
Adrián parecía completamente ajeno.
—¿Valentina está disponible?
La recepcionista sonrió demasiado.
—Puedo avisarle que vino alguien muy importante.
Antes de que pudiera responder, Adrián levantó las flores.
—Solo quiero verla.
La forma en que lo dijo hizo que algo dentro de mí se moviera.
Porque no sonó como un empresario dando una orden.
Sonó como un hombre que simplemente quería ver a alguien que le importaba.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
Una de las chicas se acercó más.
—¿Trabajas como modelo?
Adrián la miró confundido.
—¿Qué?
—Es que tienes la apariencia.
Otra chica se rio.
—Podrías hacer una sesión de fotos aquí.
Adrián negó.
—Creo que hubo un malentendido.
Las miró con tranquilidad.
—No soy modelo.
Hizo una pausa.
—Y probablemente lo mejor será que mantengan cierta distancia.
Las chicas parpadearon.
—¿Por qué?
Adrián sonrió ligeramente.
—Porque soy un hombre casado.
Mi corazón dio un pequeño salto.
No porque lo hubiera dicho.
Sino porque lo dijo con orgullo.
No como una obligación.
No como una molestia.
Como si fuera algo que quería dejar claro.
Una de ellas se rio.
—¿Casado? ¿Tan joven?
Adrián asintió.
—Sí.
Y antes de que pudiera responder...
Una voz salió detrás de ellos.
La mía.
—Sí.
Todos se giraron.
Caminé hacia ellos.
Llevaba mi traje de trabajo, mi cabello recogido y la seguridad que todos conocían.
Pero por dentro...
Por dentro estaba completamente confundida.
Me coloqué al lado de Adrián.
Tomé su brazo.
—Está casado.
Las chicas me miraron.
Después miraron nuestras manos.