Adrián
Nunca había pensado que una oficina pudiera decir tanto sobre una persona.
Había entrado a cientos de ellas.
Grandes edificios de cristal.
Despachos enormes con escritorios de madera costosa.
Habitaciones diseñadas para impresionar.
Pero el lugar al que Valentina me llevó era diferente.
—Ven.
Me hizo una señal para que la siguiera por el pasillo.
Todavía llevaba las flores en la mano.
No me había dejado devolvérselas.
Aunque insistía en que no significaban nada.
Yo no le creía.
Pasamos por varias áreas de trabajo.
Personas dibujando.
Otras revisando materiales.
Algunas trabajando con telas y colores.
Todos saludaban a Valentina.
Pero no como saludaban a una jefa.
Era diferente.
—Buenos días, Vale.
—¿Cómo amaneciste?
—Tu idea para la colección quedó hermosa.
Ella respondía a todos.
Preguntaba por sus familias.
Se detenía unos segundos para escuchar.
Y yo observaba.
Porque esa era otra versión de ella.
La mujer que dirigía una empresa, pero que nunca hacía sentir pequeños a los demás.
Finalmente abrió una puerta.
—Este es mi lugar.
Entré.
Y me quedé quieto.
No era una oficina enorme.
Era pequeña.
Pero era completamente ella.
Había dibujos en las paredes.
Muestras de colores.
Libretas llenas de ideas.
Una mesa con telas.
Fotografías.
Flores.
Incluso había una taza con pinceles dentro.
Sonreí.
—¿Qué?
Preguntó al notar mi expresión.
Caminé lentamente observando todo.
—Esperaba algo diferente.
Ella cruzó los brazos.
—¿Diferente cómo?
—Algo más...
Busqué la palabra.
—Imponente.
Valentina sonrió.
—¿Y esto no lo es?
La miré.
Y tuve que admitirlo.
Sí lo era.
Solo que no de la manera en que estaba acostumbrado.
—Sí.
Tomé uno de sus bocetos.
—Es impresionante.
Ella se acercó.
—¿De verdad?
Me miró sorprendida.
—Pensé que ibas a decir que es pequeño.
Negué.
—Los lugares no son importantes por su tamaño.
La miré.
—Son importantes por lo que representan.
Valentina se quedó callada.
Como si no esperara escuchar eso de mí.
Dejé el dibujo sobre la mesa.
—¿Tú hiciste todo esto?
Ella asintió.
—Empecé con una mesa pequeña en mi apartamento.
Sonrió.
—No tenía muchos clientes.
Señaló una de las paredes.
—Ese fue mi primer diseño vendido.
Miré la imagen.
No era solo un dibujo.
Era el inicio de todo.
—¿Y nunca tuviste miedo?
Ella soltó una risa.
—Todos los días.
Eso me sorprendió.
—¿Todos los días?
Asintió.
—Solo aprendí a trabajar con miedo.
La observé.
Porque esa frase explicaba muchas cosas.
Valentina no era fuerte porque nunca se rompía.
Era fuerte porque seguía adelante incluso cuando podía romperse.
—¿Sabes algo?
Dijo mientras acomodaba algunos papeles.
—¿Qué?
—La gente piensa que porque soy segura, todo fue fácil.
Sonrió de lado.