Adrián
Nunca había sentido tanta confusión en mi vida.
Había cerrado contratos imposibles.
Había tomado decisiones bajo presión.
Había enfrentado problemas que otros hombres habrían evitado.
Pero nada me preparó para verla frente a mí con una mirada que no reconocía.
Valentina.
La mujer que se había reído conmigo.
La mujer que había bailado descalza conmigo.
La mujer que había empezado a sentirse como mi hogar.
Estaba parada frente a mí como si yo fuera un extraño.
Sobre la mesa había unos papeles.
Los vi.
Y antes de leerlos, algo dentro de mí ya sabía que no era nada bueno.
—¿Qué es esto?
Pregunté.
Ella no respondió inmediatamente.
Solo respiró profundamente.
Y entonces dijo:
—Los papeles del divorcio.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
Su mirada no se apartó de mí.
—Creo que fue un error.
Me quedé mirándola.
Porque esas palabras no tenían sentido.
—Valentina...
—No.
Me interrumpió.
Su voz era firme.
Demasiado firme.
Como si estuviera intentando convencerse a sí misma.
—No quiero seguir con esto.
Miré los papeles.
Después a ella.
—¿Esto es por el matrimonio?
Negó.
—Es por todo.
No entendía.
Nada.
—Explícame.
Ella soltó una risa triste.
—¿Qué quieres que explique, Adrián?
Señaló alrededor.
—Esto nunca fue real.
Esa frase dolió más de lo que esperaba.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque es verdad.
Negué lentamente.
—No.
Di un paso hacia ella.
—No lo es.
Pero ella retrocedió.
Ese pequeño movimiento me dolió más que cualquier palabra.
—Me dejé llevar por una locura.
Continuó.
—Una noche absurda. Un matrimonio absurdo.
Cada palabra parecía elegida para herirme.
—Pensé que eras diferente.
Mi pecho se apretó.
—¿Pensaste?
—Sí.
Me miró.
—Pero me equivoqué.
No.
No entendía.
Porque yo también había cambiado.
Yo también había empezado a creer.
—Valentina, dime qué está pasando.
Por un segundo pensé que iba a romperse.
Lo vi en sus ojos.
Pero desapareció.
—Nada está pasando.
Mentira.
Lo sabía.
Ella estaba mintiendo.
—Entonces, ¿por qué haces esto?
Silencio.
Después respondió:
—Porque fue el peor error de mi vida casarme contigo.
No recuerdo haber sentido algo así antes.
No fue enojo.
No fue tristeza.
Fue como si alguien hubiera tomado algo que apenas estaba empezando a construir y lo hubiera destruido frente a mí.
—No lo dices en serio.
Sus ojos brillaron.
Pero no lloró.
—Sí.
Una pausa.
—Lo digo en serio.
Quise acercarme.
Quise preguntarle qué había hecho.
Quise decirle que no podía simplemente desaparecer.
Que no podía decidir por los dos.
Que yo también tenía derecho a elegir.
Pero ella tomó su bolso.
Y caminó hacia la puerta.
—Valentina.
Se detuvo.
Esperé.