Adrián
Nunca había sentido que una dirección pudiera pesar tanto.
Un simple papel.
Unas pocas palabras escritas.
Pero en mis manos parecía contener toda mi vida.
Thomas me miraba en silencio.
Sabía algo que yo no.
Y eso me desesperaba.
—¿Dónde está?
Pregunté otra vez.
Thomas suspiró.
—Adrián...
—Thomas.
Mi voz salió más fuerte de lo que pretendía.
—Necesito saber dónde está.
Él bajó la mirada.
—Se fue.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿A dónde?
Hubo unos segundos de silencio.
—A su país.
Parpadeé.
—¿República Dominicana?
Asintió.
—Dijo que necesitaba tiempo.
Tiempo.
Esa palabra me dolía.
Porque yo no quería tiempo.
Quería verla.
Quería explicarle.
Quería decirle que había entendido todo.
Que no me importaba la empresa.
Que no me importaba el apellido.
Que no me importaba nada si ella no estaba conmigo.
—¿Y la dejaste ir?
Thomas me miró.
Y no había reproche en sus ojos.
Solo tristeza.
—Me pidió que no la detuviera.
Apreté los puños.
Porque conocía a Valentina.
Cuando ella decidía algo, lo hacía pensando en los demás antes que en ella misma.
—Dijo que necesitaba alejarse para pensar.
Thomas hizo una pausa.
—Pero también me dijo algo.
Lo miré.
—¿Qué?
Se acercó y me entregó un papel doblado.
—Que si tú realmente la amabas...
Mi corazón se detuvo.
—No la dejaras ir.
Abrí el papel lentamente.
Mi vista recorrió las palabras.
Y por primera vez en mi vida una dirección significó más que cualquier contrato.
El Estrecho, municipio Luperón, provincia Puerto Plata.
República Dominicana.
Leí esas palabras varias veces.
Como si mi mente necesitara entender que era real.
Valentina no estaba en una mansión.
No estaba en una ciudad llena de rascacielos.
Estaba en el lugar que la había visto crecer.
El lugar que había creado a la mujer que yo estaba intentando recuperar.
Thomas me extendió otro papel.
—Es el número de una prima de ella.
Lo tomé.
—¿Para qué?
—Te va a ayudar.
Lo miré confundido.
—¿Ayudarme cómo?
Sonrió un poco.
—A llegar.
República Dominicana.
Un lugar que conocía solo por fotografías.
Playas.
Música.
Paisajes hermosos.
Pero ahora era mucho más que eso.
Era donde estaba ella.
La mujer que había cambiado mi vida sin pedir permiso.
La mujer que había logrado que un hombre que no creía en el matrimonio quisiera conservar un anillo.
La mujer que estaba esperando un hijo mío y creyó que tenía que enfrentarlo sola.
Preparé una maleta pequeña.
Nada de trajes.
Nada de reuniones.
Nada de escoltas.
Nada de la vida que había dejado atrás.
Solo lo necesario.
Thomas me observaba.
—¿Seguro que quieres hacer esto?
Lo miré.
—No.
Eso lo sorprendió.
—¿No?
Negué.
—No estoy seguro de nada.
Cerré la maleta.
—Pero estoy seguro de una cosa.
Tomé el papel con la dirección.