El Candidato Perfecto

Capítulo 18: Bienvenido al mundo de Valentina

Adrián

Nunca había tenido un aterrizaje tan caótico en mi vida.

Y había viajado por medio mundo.

Aeropuertos elegantes.

Salas privadas.

Choferes esperándome con mi nombre escrito en un cartel.

Todo organizado al segundo.

Pero República Dominicana no parecía tener interés en seguir mis reglas.

Y, para mi sorpresa...

Creo que eso me gustó.

Cuando salí del aeropuerto, lo primero que sentí fue el calor.

No el calor incómodo.

Era diferente.

Era como si el aire mismo tuviera vida.

Escuché voces por todas partes.

Personas riendo.

Música saliendo de algún lugar.

Familias abrazándose después de largos viajes.

Todo era más ruidoso.

Más cercano.

Más humano.

Miré mi teléfono.

La prima de Valentina me había dicho que me encontraría afuera.

Y entonces la vi.

Una mujer joven con una sonrisa enorme, moviendo la mano para llamar mi atención.

—¿Adrián?

Me acerqué.

—Sí.

Ella sonrió.

—Soy Camila, prima de Valentina.

Antes de que pudiera prepararme...

Me abrazó.

Me quedé completamente quieto.

No porque fuera incómodo.

Sino porque todavía no estaba acostumbrado a que personas que acababa de conocer me recibieran como si ya formara parte de su vida.

—Mucho gusto.

Dije cuando me soltó.

Ella me miró de arriba abajo.

—Tú eres más alto de lo que imaginaba.

Levanté una ceja.

—¿Eso es bueno?

Ella se rio.

—No sé todavía.

Y por primera vez en días...

Sonreí.

Durante el camino intenté prepararme.

Pero nada me preparó.

Camila me contó todo.

—Valentina no es como la gente cree.

Miré por la ventana.

El paisaje cambiaba poco a poco.

Menos edificios.

Más naturaleza.

Más caminos rodeados de verde.

—¿A qué te refieres?

Ella suspiró.

—Todo el mundo ve la modelo, la empresaria, la mujer que parece tener la vida perfecta.

Hizo una pausa.

—Pero aquí sigue siendo Vale.

La prima que llega con regalos para todos.

La que se sienta con las señoras mayores a escuchar historias.

La que ayuda a los niños.

La que se pelea con sus hermanos y después les cocina porque igual los quiere.

Sonreí sin querer.

Porque podía imaginarla.

—Ella te extraña.

La miré.

Camila continuó conduciendo.

—Aunque no lo diga.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Te dijo eso?

—No.

Sonrió.

—Pero yo conozco a mi prima.

Silencio.

—Está herida.

Bajé la mirada.

Porque sabía que era verdad.

Mientras avanzábamos, Camila comenzó a explicarme dónde estaba llegando.

—El Estrecho es un lugar tranquilo.

Me señaló algunas casas al pasar.

—Aquí la gente se conoce.

—Todos saben todo.

Sonrió.

—A veces demasiado.

Eso me hizo reír.

—¿Demasiado?

—Adrián, si alguien se compra una moto nueva, al otro día todo el mundo sabe el color, cuánto costó y quién la manejó primero.

Negué divertido.

—Eso no pasa en mi ciudad.

Ella me miró.

—Quizás por eso Valentina ama volver aquí.

Miré nuevamente por la ventana.

Había casas sencillas.

Patios grandes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.