El Candidato Perfecto

Capítulo 19: El idioma del corazón

Adrián

Si alguien me hubiera dicho que un caballo, un burro y unas gallinas iban a recibirme antes que mi esposa...

No le habría creído.

Sin embargo, ahí estaba.

Parado frente a una casa de madera.

Una casa sencilla.

Pero hermosa.

No era una construcción improvisada.

Parecía una cabaña hecha con cariño, con una amplia galería de madera, macetas llenas de flores, mecedoras frente a la puerta y un patio inmenso donde la sombra de varios árboles mantenía el lugar fresco.

El aire olía a tierra húmeda.

A café recién colado.

A frutas maduras.

A leña.

Escuché el canto de un gallo.

Después otro.

Gallinas caminaban tranquilamente por el patio.

Un perro mestizo vino corriendo hacia mí moviendo la cola con tanta emoción que casi me hizo perder el equilibrio.

—¡Ay, Toby! ¡Deja al muchacho tranquilo!

Una señora mayor salió riéndose mientras el perro seguía olfateándome como si quisiera hacerme un interrogatorio.

Detrás apareció un gato enorme que me observó con absoluta indiferencia antes de acostarse bajo una mata de mango.

Miré alrededor.

Había árboles cargados de mangos.

Otros de aguacates.

Matas de plátanos.

Una hilera de cocos.

Más allá distinguí un pequeño conuco.

Y, cerca de una cerca de madera...

Un caballo color canela.

A su lado, un burro gris movía las orejas sin prestarme la menor atención.

No pude evitar sonreír.

—¿Nunca habías visto uno?

Preguntó Camila divertida.

—Sí...

Respondí.

—Pero normalmente estaban en cuadros o documentales.

Ella soltó una carcajada.

—Bueno...

Señaló el burro.

—Él se llama Pancho.

Y el caballo es Relámpago.

Los dos son parte de la familia.

No supe si hablaba en serio.

Cinco minutos después descubrí que sí.

La puerta principal se abrió.

Y de repente...

Había gente por todas partes.

Una señora salió secándose las manos con un delantal.

Un señor mayor dejó una taza de café sobre la mesa.

Dos niños cruzaron el patio corriendo.

Una muchacha apareció con un bebé en brazos.

Y todos hablaban al mismo tiempo.

Todos.

Al mismo tiempo.

Mi cerebro dejó de funcionar.

—Buenas tardes...

Dije en el mejor español que había aprendido durante las últimas semanas.

Todos se quedaron callados.

Camila sonrió orgullosa.

—¡Miren, habla español!

El señor mayor se acercó.

Me dio un fuerte apretón de manos.

Y empezó a hablar.

Muy rápido.

Demasiado rápido.

Parpadeé varias veces.

Creo que entendí...

"Buenas..."

Y después...

Nada.

Absolutamente nada.

Lo miré completamente perdido.

Camila comenzó a reír.

—¿Qué?

Pregunté.

Ella tuvo que cubrirse la boca.

—Tú aprendiste español.

—Sí.

—Pero no aprendiste español dominicano.

Suspiré.

—Empiezo a notarlo.

El abuelo volvió a hablar.

Con más entusiasmo.

Moviendo mucho las manos.

Yo seguía sin entender.

Camila intentó ayudar.

—Mi abuelo dice que si eres el marido de Vale, ya eres de la familia.

Miré al señor.

Sonreía como si me conociera desde hacía años.

Sentí un nudo en la garganta.

Porque era la segunda familia que me recibía así.

Sin preguntas.




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