Adrián
Había sobrevivido a entrenamientos militares.
A reuniones con inversionistas.
A entrevistas con la prensa.
A la madre más aterradora del planeta.
Pero nada...
Absolutamente nada...
Me preparó para el campo dominicano.
A las cinco y media de la mañana alguien golpeó la puerta.
Abrí un ojo.
—¿Qué pasa?
Camila apareció sonriendo demasiado.
Nunca es buena señal cuando alguien sonríe así antes del amanecer.
—Levántate.
—¿Por qué?
—Porque el campo no espera.
Miré el reloj.
—Todavía es de noche.
—No.
Respondió.
—Ya amaneció.
Miré por la ventana.
Seguía oscuro.
Ella cerró la puerta.
—Cinco minutos.
Diez minutos después estaba afuera.
Con botas prestadas.
Un sombrero de paja que claramente no era de mi talla.
Y una taza de café en la mano.
El abuelo me miró de arriba abajo.
Dijo algo.
No entendí absolutamente nada.
Todos rieron.
—¿Qué dijo?
Pregunté.
Camila sonrió.
—Que pareces un espantapájaros caro.
Suspiré.
Excelente.
El día apenas comenzaba.
Nuestra primera misión era sencilla.
Darles de comer a las gallinas.
Pensé:
"¿Qué tan difícil puede ser?"
Cinco minutos después...
Las gallinas me perseguían.
—¡¿Por qué corren detrás de mí?!
Grité mientras caminaba hacia atrás.
Los niños ya estaban doblados de la risa.
—¡No corra!
Gritó uno.
—¡Ellas creen que usted tiene más comida!
—¡Pues no tengo!
Una gallina decidió que mi pantalón era un excelente lugar para picotear.
Salté.
El abuelo casi se cae de la silla de tanto reír.
Después vino el caballo.
Relámpago.
Un animal hermoso.
Elegante.
Imponente.
Me acerqué lentamente.
Él me observó.
Yo lo observé.
—Creo que nos llevaremos bien.
Dije.
Relámpago estornudó directamente sobre mi camisa.
Camila tuvo que girarse para esconder la risa.
—Creo que eso significa que le caíste bien.
La miré.
—Estoy bastante seguro de que no.
Pero el verdadero enemigo...
No era el caballo.
Era Pancho.
El burro.
Nunca había conocido un animal con tanta personalidad.
Mientras hablaba con el abuelo, sentí un pequeño empujón.
Miré hacia atrás.
Pancho.
Otro empujón.
—¿Qué quiere?
Otro.
Intenté ignorarlo.
Error.
Cinco segundos después...
El burro había decidido morder el bolsillo de mi camisa.
—¡Camila!
Ella ya estaba riendo.
—Le gustaste.
—¿Siempre demuestran cariño intentando comerse la ropa?
—Más o menos.
Pensé que ya había pasado lo peor.
Hasta que el abuelo señaló un árbol de mangos.
Me entregó una vara larga.
Y comenzó a explicarme algo.
Lo miré.
Después miré a Camila.
—¿Qué dijo?
—Que bajes unos mangos.
Sonreí.
Eso sí podía hacerlo.
Cinco minutos después comprendí que no.