Un hogar llamado para siempre
Cinco años después.
El tiempo tiene una curiosa costumbre.
Nunca pregunta si estamos listos.
Simplemente avanza.
Y, mientras lo hace, convierte los recuerdos en fotografías, las promesas en costumbres y los sueños en una vida cotidiana.
Cinco años habían pasado desde aquella boda en un pequeño rincón de Puerto Plata.
Cinco años desde que un hombre dejó atrás un apellido para construir un hogar.
Y si alguien preguntara hoy dónde vive Adrián...
La respuesta ya no sería una dirección.
Sería una sonrisa.
La vieja casa de madera seguía en el mismo lugar.
Quizá con algunas ventanas nuevas.
Un techo reforzado.
Un columpio colgado bajo el enorme árbol de mango.
Y una galería un poco más grande.
Porque la familia también había crecido.
Las flores seguían adornando el patio.
Las trinitarias abrazaban la verja.
Las cayenas continuaban floreciendo cada mañana.
El olor a café seguía siendo el primer saludo del día.
Y Pancho...
Bueno...
Pancho seguía creyendo que las camisas de Adrián eran parte de su alimentación.
—¡Pancho, deja esa camisa!
Se escuchó desde el patio.
—¡Otra vez no!
Las carcajadas llenaron la casa.
Sentado en una mecedora estaba Adrián.
Ya no vestía trajes italianos.
Llevaba una camiseta blanca, pantalones de mezclilla gastados y unas botas embarradas.
Una taza de café descansaba entre sus manos.
Observaba a tres pequeños correr detrás de unas gallinas como si aquello fuera el campeonato mundial.
—¡Papi!
El mayor, un niño de cuatro años, llegó corriendo.
Tenía el cabello oscuro de su madre y los ojos claros de su padre.
Se subió a las piernas de Adrián sin pedir permiso.
—¿Es verdad?
Adrián sonrió.
—¿Qué cosa?
El niño lo miró muy serio.
—¿Que Pancho te mordió la camisa el primer día?
Desde la cocina se escuchó una carcajada.
Valentina.
Adrián cerró los ojos resignado.
—¿Quién les cuenta esas historias?
Camila apareció con una bandeja llena de jugo de chinola.
—Toda la familia.
El niño insistió.
—¿Es verdad?
Adrián suspiró dramáticamente.
—Sí.
—¿Y también es verdad que dijiste "estoy embarazado"?
Toda la galería explotó en risas.
Hasta el abuelo tuvo que quitarse el sombrero para secarse las lágrimas.
—¡Esa historia nunca me la van a perdonar!
El pequeño comenzó a reír con todas sus fuerzas.
—¡Papi habló mal!
—Muchísimo.
Respondió el abuelo.
—Pero ahora habla mejor que muchos de aquí.
Adrián sonrió orgulloso.
—¡Claro que sí, abuelo!
El anciano respondió en un cibaeño tan rápido que nadie de fuera habría entendido una sola palabra.
Adrián escuchó atentamente.
Y respondió con total naturalidad.
—Sí, después del almuerzo voy con usted a revisar la cerca.
Hubo un breve silencio.
Camila abrió mucho los ojos.
—¿Entendiste?
Adrián levantó una ceja.
—Cinco años, Camila.
Algo tenía que aprender.
El abuelo le dio una palmada en la espalda.
—Ya tú eres de aquí, muchacho.
No había orgullo más grande para Adrián que escuchar esas palabras.
La puerta de la casa volvió a abrirse.
Valentina apareció con un vestido sencillo de algodón, el cabello recogido y una mano apoyada sobre su vientre.
Esperaban otro bebé.
El cuarto.
Adrián la observó acercarse.
Y, cinco años después...
Seguía mirándola exactamente igual que el primer día.