El canto de las estrellas

CAPÍTULO 1

El zumbido magnético de los distribuidores de aire resonaba en el pasillo catorce con la precisión rítmica de un reloj atómico. El ambiente olía a ozono reciclado y al vaho amargo del lubricante sintético que emanaba de las válvulas de contención. Kaelen ajustó los guantes de polímero térmico sobre sus muñecas; el cuero sintético crujió secamente contra las costuras de refuerzo mientras sus dedos se posaban sobre la interfaz de cuarzo de la consola.

—Inclinación del colector catorce fuera de margen en cero coma cero dos miliradianes —murmuró Kaelen, tecleando la secuencia de corrección sin vacilar—. Ajustando servomotores del sector norte.

A sus veinticuatro años, la existencia en Ambaria, la ciudad-fortaleza tecnocrática y autoritaria de los Hijos del Sol, no admitía variaciones ni vacilaciones. Todo estaba pautado por la búsqueda de la eficiencia absoluta bajo la luz dorada y esterilizada de la bóveda superior.

—Siempre tan meticuloso, Kaelen —dijo Marcus, su asistente, limpiándose el sudor de la frente con la manga de su uniforme blanco impecable mientras ajustaba una llave neumática—. Nadie en el nivel tres notaría una variación de centésimas de miliradián.

Kaelen no apartó los ojos de los hologramas de flujo que flotaban frente a su rostro. Tocó un indicador luminoso, calibrando la respuesta térmica del conducto antes de responder.

—Una centésima de desviación en la superficie equivale a diez megavatios de pérdida en los depósitos centrales, Marcus. En Ambaria, el desperdicio es el primer paso hacia la barbarie. Si el Corazón del Sol no recibe su cuota exacta, la cúpula pierde refrigeración y el equilibrio se rompe.

—El equilibrio, claro —suspiró Marcus, dejando caer la herramienta sobre la bandeja metálica con un chasquido sordo—. A veces olvido que tratas a las tuberías como si tuvieran alma.

—No tienen alma, tienen ecuaciones —replicó Kaelen, deslizando los dedos por la pantalla para sellar el flujo del sector—. Y las ecuaciones no mienten.

La Plaza del Espejo resplandecía bajo los rayos refractados de mediodía, donde el calor acumulado hacía vibrar el aire sobre las baldosas de cristal. Miles de ciudadanos vestidos con túnicas rígidas de fibra refractaria permanecían agrupados en perfecto orden marcial. En el estrado elevado, la figura del Padre Sol, el líder autocrático de Ambaria, se alzaba gigantesca y deslumbrante, proyectada por tres reflectores parabólicos que convertían su silueta en un haz de fuego áureo.

—¡Ciudadanos de la Luz! —resonó la voz del Padre Sol a través de los amplificadores de resonancia, haciendo retumbar el piso de cuarzo—. Nuestro astro rey agoniza fuera de nuestras murallas, pero dentro de Ambaria la llama de la civilización permanece inmaculada gracias al Corazón del Sol.

Kaelen permanecía en primera fila junto a Marcus, con las manos cruzadas a la espalda y la barbilla elevada. A su lado, Marcus apretó los dientes, cegado por el destello del proyector central.

—¿No te queman los ojos esa proyección? —susurró Marcus sin mover la cabeza, manteniendo la postura reglamentaria.

—Ajusta el filtro térmico de tu túnica y escucha —respondió Kaelen en un murmullo imperceptible, fijando la vista en la figura dorada.

—La pureza de nuestra luz es nuestra única salvación —continuó proclamando el Padre Sol, extendiendo los brazos hacia la multitud—. Fuera de este muro solo habita la oscuridad, la anarquía y los salvajes Moradores de la Luna, criaturas que rechazan la razón y adoran la oscuridad. ¡Cualquier mancha de imperfección o duda en nuestras filas es un sabotaje a la cúpula!

La multitud respondió con un saludo unánime, llevando la palma derecha al pecho en señal de devoción ciega. Kaelen ejecutó el gesto de manera automática, sintiendo el calor del sol refractado sobre su rostro, aunque una pequeña punzada de inquietud, nacida de los registros térmicos que acababa de calibrar, comenzaba a germinar en su mente.

Al caer la tarde, Kaelen descendió por los conductos de servicio hacia los niveles inferiores del reactor central, una zona restringida donde el aire era denso, caluroso y olía a metal incandescente y aceite quemado. El zumbido del Corazón del Sol ya no era un tono constante, sino una pulsación irregular que hacía vibrar las placas del suelo bajo sus botas.

Se aproximó al nodo primario de filtrado de plasma y conectó su bio-escáner portátil a la toma de datos. Las líneas holográficas emergieron en el aire, mostrando una curva de distribución distorsionada.

—Esto no puede ser correcto —murmuró para sí mismo, ajustando la frecuencia de muestreo.

—¿Qué estás haciendo aquí abajo a estas horas, ingeniero? —retumbó una voz desde la pasarela superior.

Kaelen se giró rápidamente y vio al Sargento Víctor, un oficial de la Guardia de Cristal de hombros anchos y armadura reforzada, apoyado contra la barandilla con la mano descansando sobre el pomo de su rifle térmico.

—Realizando una inspección de rutina en la red de contención secundaria, Sargento —contestó Kaelen, manteniendo la calma mientras señalaba la pantalla holográfica—. Las lecturas del flujo central muestran una fluctuación anómala. El reactor no está perdiendo potencia por desgaste natural; está absorbiendo más energía de la que distribuye a la ciudad.

Víctor descendió los escalones metálicos con pasos pesados que resonaron en la estancia. Se detuvo a medio metro de Kaelen y miró el holograma con evidente desdén.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.