El canto de las estrellas

CAPÍTULO 2

La sala del Consejo de Ingeniería olía a cera de pulir recargada y a la pálida calidez de la caoba sintética. En el centro de la estancia, el proyector holográfico desplegaba una maraña de líneas de flujo térmico que crepitaban en un azul eléctrico sobre la mesa circular de metal. Kaelen apoyó ambas manos sobre el borde cromado de la consola y dio un paso al frente, ajustándose el cuello rígido de su uniforme de ingeniero.

—Si no reducimos la tasa de inyección de plasma en las próximas cuarenta y ocho horas, las tuberías de contención primaria colapsarán por sobrepresión —dijo Kaelen, señalando con el índice una cresta espicular en el gráfico holográfico.

El director Vane, un hombre maduro de mandíbula cuadrada y mirada fría, contempló la proyección con la barbilla apoyada en los nudillos. Con un gesto indolente de la mano, tocó el mando de control y apagó la proyección de un plumazo, dejando la sala sumida en la sobria luz ambiental.

—Tus lecturas están erradas, Kaelen —sentenció Vane, reclinándose en su sillón de cuero sintético con absoluta parsimonia—. El Corazón del Sol es infalible. Fue diseñado por los Padres Fundadores para abastecer a Ambaria durante un milenio sin una sola interrupción.

—Los datos de disipación no mienten, señor —insistió Kaelen, alzando la voz un tono sin perder la compostura—. La curva no es lineal; es exponencial. El reactor está acumulando una frecuencia de resonancia que el sistema de refrigeración no puede disipar.

A la izquierda de Vane, el consejero Darian se ajustó el monóculo de aumento óptico con dedos temblorosos. Se irguió en su asiento y golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Suficiente! —interrumpió Darian, fijando en el joven ingeniero una mirada severa—. No vas a venir aquí a sembrar el pánico entre los ministros con teorías alarmistas de primer año. Ambaria no sufre fallos estructurales. Si se detecta alguna fluctuación anómala, se debe únicamente a las interferencias y al sabotaje externo de los salvajes que merodean fuera de nuestras murallas.

—¿Sabotaje? —replicó Kaelen, frunciendo el ceño y cruzando los brazos—. Ninguna señal del desierto puede alterar la presión hidráulica de una válvula sellada a trescientos metros bajo tierra.

—No pongas a prueba la paciencia de este consejo, Kaelen —advirtió Vane, señalándole con un bolígrafo de titanio—. Tus ecuaciones son una herramienta de trabajo, no un dogma para cuestionar a la dirección.

Antes de que Kaelen pudiera proyectar la serie de datos secundarios, las pesadas puertas de bronce dorado de la cámara del Consejo se abrieron de golpe con un siseo neumático profundo. El rumor de las conversaciones se cortó al instante.

Dos guardias de la Guardia, vestidos con armaduras pesadas de cuarzo reflectante y portando lanzas de vibración de alta frecuencia, ingresaron en la sala marcando el paso. Tras ellos avanzó lentamente el Padre Sol. Su túnica de fibra dorada arrastraba un suave chasquido sobre el piso pulido, y sus ojos, amarillentos y hundidos bajo cejas pobladas, escudriñaron la estancia hasta fijarse en Kaelen.

—El joven ingeniero no miente en sus datos, Vane —dijo el Padre Sol. Su voz, privada de los amplificadores de la plaza, sonaba rasposa y gastada, como el roce de dos piedras secas en el desierto.

Vane y Darian se pusieron en pie de inmediato, inclinando la cabeza en un saludo reverente.

—Señor—titubeó Vane, ajustándose la túnica—. Solo intentábamos corregir el celo excesivo del muchacho.

—Su diagnóstico técnico es preciso —continuó el Padre Sol, ignorando al director y dando dos pasos hacia Kaelen—. Pero su interpretación es incompleta. El Corazón del Sol no falla por desgaste natural; sufre los ataques invisibles de los Moradores de la Luna. Utilizan artes oscuras para desestabilizar nuestra fuente de vida y sumir a Ambaria en el caos.

Kaelen sostuvo la mirada del autócrata, sintiendo una punzada de sudor frío en la nuca.

—Si hay un nodo de interferencia en el exterior, señor —dijo Kaelen, midiendo cada palabra—, debemos aislar la frecuencia desde la central.

—No se aislará desde un despacho, Kaelen —sentenció el Padre Sol, apoyando ambas manos sobre el pomo de su cetro energético—. Quedas asignado de inmediato al equipo técnico de la expedición militar de élite que partirá hacia el desierto crepuscular. Tu misión será localizar la fuente del sabotaje salvaje y neutralizarla.

Darian miró a Kaelen con una sonrisa helada, mientras Vane asentía en silencio.

—¿Un ingeniero en primera línea de combate? —preguntó Kaelen, apretando los puños a los costados.

—Aportarás la precisión matemática que las armas no tienen —respondió el Padre Sol, acercando su rostro al del joven hasta que Kaelen pudo oler el aliento amargo y sulfuroso del líder—. Pero escucha bien mis palabras: si el reactor colapsa y Ambaria cae en la oscuridad, la responsabilidad absoluta recaerá sobre tus hombros.

El autócrata se dio la vuelta, y la Guardia cerró filas tras él. Kaelen permaneció inmóvil en el centro de la sala, escuchando cómo el suelo bajo sus botas volvía a estremecerse con el latido errático e invisible del reactor.




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