El canto de las estrellas

CAPÍTULO 3

El área de archivos confidenciales de Nivel Omega olió a polvo electrostático, refrigerante seco y al frío metálico que emanaba de las hileras de servidores sumidos en la penumbra. El único sonido era el silbido sordo de los disipadores térmicos y el chasquido rítmico de los relés de alta tensión.

Kaelen extrajo el módulo de diagnóstico de su cinturón y ajustó el conector óptico a la ranura del nodo primario. Las líneas de código parpadearon en un verde pálido sobre la pantalla de cristal.

—Estás jugando con fuego, Kaelen —susurró una voz a su espalda.

Kaelen no se sobresaltó; la tensión de las últimas horas le había adormecido los reflejos. Se giró despacio y vio a Link, su antiguo compañero de la academia de ingeniería, embozado en una chaqueta de trabajo holgada. Link mantenía los ojos fijos en la entrada del pasillo, retorciéndose los dedos con nerviosismo.

—El Padre Sol me ordenó encontrar la fuente de la fluctuación antes de la marcha —respondió Kaelen en voz baja, volviendo a la consola—. Si el fallo no está en la distribución de la superficie, está en los registros históricos del núcleo.

—Los registros de la fundación están sellados por el Consejo —dijo Link, dando dos pasos rápidos hacia él y apoyando una mano temblorosa sobre el hombro de Kaelen—. Si la Guardia te descubre hurgando en los archivos del pre-cataclismo, no habrá informe técnico que te salve de la calcinación.

—Ayúdame a saltar el cifrado de densidad, Link —insistió Kaelen, mirándole fijamente a los ojos—. Conoces la clave de derivación del sector tres. Solo necesito diez minutos.

Link tragó saliva; el movimiento de su garganta delató el conflicto interno. Miró la consola, luego el pasillo oscuro, y finalmente dejó escapar un suspiro amargo.

—Cinco minutos —murmuró Link, sacando una pequeña tarjeta de cobre de su manga y deslizándola en la ranura secundaria—. Y si alguien pregunta, me robaste la tarjeta del casillero.

La pantalla emitió un zumbido agudo y las capas de protección ideológica cayeron una a una. En lugar de los manuales estándar de mantenimiento, emergieron bloques de texto redactados en el dialecto arcaico de los Astrónomos. Kaelen acercó el rostro al cristal, sintiendo el calor residual del monitor sobre sus mejillas mientras leía las líneas traducidas por el terminal.

«...el dispositivo no debe operar como generador continuo... la sobrecarga constante actúa como acelerador supresor... ahogando la frecuencia natural de la tierra y atrayendo la mirada del devorador...»

Kaelen se quedó inmóvil. El aire en la sala pareció volverse más denso y amargo, con un sabor metálico que le raspó la garganta. Sus dedos rozaron la palabra 'supresor' en la pantalla, una y otra vez, buscando un error de sintaxis o una falla en el traductor automático.

—Esto no tiene sentido —murmuró Kaelen, con la voz apagada—. La doctrina oficial dice que el Corazón del Sol genera la energía que sostiene la cúpula frente al frío del exterior.

Link se inclinó sobre la pantalla y leyó el fragmento. Su rostro, iluminado por el resplandor verde del cristal, perdió todo rastro de color.

—Borra eso, Kaelen —dijo Link con pánico manifiesto, agarrando el brazo del ingeniero con fuerza—. Borra ese registro ahora mismo.

—¿No lo entiendes? —replicó Kaelen, zafándose del agarre y señalando el gráfico de absorción electromagnética—. La curva no muestra una generación limpia. Muestra una succión. El reactor no está alimentando a Ambaria; está absorbiendo la masa térmica del planeta para mantener un pulso artificial. Nuestra ciudad no es un refugio... es un parásito que está acelerando la muerte del sol.

—¡Cállate! —siseó Link, mirando frenéticamente hacia la puerta. Su respiración era agitada y el sudor le resbalaba por la sien—. El Padre Sol dijo que los Moradores están saboteando la central. Si lo que dices es verdad, toda la estructura de Ambaria, nuestras vidas, nuestro trabajo... todo sería una mentira.

—Los números no mienten, Link. Las ecuaciones no tienen ideología.

Antes de que Link pudiera responder, un golpe seco de botas con suela de cuarzo resonó al final del pasillo catorce. El eco sordo de las placas de blindaje de la Guardia se acercaba con paso firme.

Kaelen reaccionó con la rapidez de un instinto primario. Pulsó la tecla de desconexión rápida, extrajo el módulo de memoria de la consola y lo deslizó en el bolsillo interior de su chaqueta táctica, justo sobre su pecho. El cristal del módulo estaba helado contra su piel.

Link tomó una herramienta del banco de trabajo y comenzó a golpear un panel de luces con torpeza simulada.

—¡Identifíquense! —retumbó la voz de un guardia desde el umbral, iluminando la sala con la linterna de plasma de su rifle.

Kaelen se giró despacio, levantando las manos a la altura de los hombros con calma calculada, aunque sintió cómo un gota de sudor frío le corría por la columna vertebral.

—Ingeniero Kaelen y técnico Link —respondió con voz firme, sosteniendo la mirada del guardia bajo el visor dorado—. Comprobando las frecuencias de la red secundaria por orden directa del Consejo antes de la salida de la expedición.

El guardia examinó el panel entreabierto, el rostro aterrorizado de Link y la postura rígida de Kaelen. Tras unos segundos de silencio insoportable, bajó levemente el cañón del arma.




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