El suelo de la bahía de mantenimiento técnico tembló con un bramido subterráneo que hizo saltar las herramientas sobre los bancos de trabajo. Las alarmas de emergencia de Nivel Rojo rompieron el aire con un alarido agudo y discontinuo que resonó en las estructuras de cristal de Ambaria. El olor a ozono abrasado y a baquelita derretida inundó los conductos de ventilación en cuestión de segundos.
—¡Presión de contención al ciento cuarenta por ciento! —gritó Marcus, tropezando contra un soporte hidráulico mientras intentaba alcanzar la consola de corte manual—. ¡Kaelen, la válvula cuatro ha reventado!
Una llamarada de plasma azulado brotó de la tubería principal, calcinando al instante el panel de control contiguo y proyectando una lluvia de chispas cegadoras sobre la pasarela. La temperatura ambiental subió diez grados de golpe, haciendo que el sudor se evaporara sobre la piel de los técnicos antes de caer.
—¡No cortéis el flujo secundario! —ordenó Kaelen, abalanzándose sobre la terminal de emergencia mientras se cubría el rostro con el antebrazo—. ¡Si cerramos las compuertas de golpe, el golpe de ariete reventará el núcleo en el sector residencial!
Dos técnicos de la escala baja soltaron sus llaves neumáticas y echaron a correr hacia la escotilla de evacuación, presa del pánico.
—¡Volved aquí, cobardes! —bramó Marcus, con la cara manchada de hollín negro y los ojos desorbitados—. ¡Kaelen, no sostendremos el cierre manual entre dos!
Kaelen se aferró la palanca de desvío térmico. El metal abrasador del mando atravesó los guantes de polímero, abrasándole las palmas, pero no soltó la empuñadura. Con un rugido de esfuerzo, forzó el trinquete hasta hacerlo encajar en el muescado de seguridad.
Un silbido ensordecedor de vapor refrigerante inundó la estancia, ahogando las sirenas mientras la llamarada de plasma se extinguía lentamente hasta convertirse en un hilo de humo denso y amargo. El reactor volvió a su latido errático, pero los cimientos de la bahía continuaban vibrando con una pequeña convulsión invisible.
Kaelen se dejó caer contra el chasis de la consola, respirando con dificultad y mirando sus manos humeantes.
—Eso no ha sido un fallo de canalización, Marcus —murmuró Kaelen con la voz rasposa por el humo—. La masa de energía ha venido directamente del núcleo. El reactor está devorándose a sí mismo.
Diez minutos después, todas las pantallas holográficas de las avenidas y talleres de Ambaria interrumpieron sus emisiones de rutina. La luz dorada de la cúpula se atenuó para dar paso a la imagen gigantesca del Padre Sol, proyectada en un tono rojo de alerta máxima que tiñó las fachadas de cuarzo de la ciudad.
En la bahía inundada de vapor, Kaelen y Marcus observaron la transmisión junto al resto de los técnicos que regresaban vacilantes. Kaelen apretó de manera inconsciente el bolsillo interior de su chaqueta táctica, donde el módulo de datos confidenciales con la verdad sobre el 'supresor' permanecía helado contra sus costillas.
—¡Ciudadanos de Ambaria! —la voz del autócrata retumbó desde las pantallas con una rabia fría y calculada, haciendo temblar los marcos de los monitores—. Hace escasos minutos, el Corazón del Sol ha sufrido un vil ataque. Los salvajes Moradores de la Luna, ocultos en la inmundicia de sus madrigueras nocturnas, han canalizado una onda de interferencia mística contra nuestra fuente de vida.
Marcus miró a Kaelen con los ojos abiertos de par en par.
—¿Un ataque externo? —susurró Marcus, limpiándose la mejilla con un trapo impregnado de aceite—. ¿Cómo han podido atravesar los escudos perimetrales?
—No lo han hecho —respondió Kaelen en un murmullo que solo Marcus pudo oír, sin apartar la mirada de la pantalla—. Es una mentira para desviar la atención.
—¡No habrá vacilaciones ni piedad! —proclamó el Padre Sol en la pantalla, alzando su cetro dorado hacia la multitud aterrorizada que comenzaba a agolparse en las plazas—. La Guardia marchará hoy mismo al desierto crepuscular para exterminar los santuarios de los salvajes y recuperar la estabilidad de nuestra luz.
La transmisión se cortó de golpe, dejando las pantallas en un rojo sangriento. En la bahía técnica, el silencio que siguió era tan denso que solo se escuchaba el goteo constante del refrigerante roto sobre el suelo metálico.
En el arsenal militar del sector sur, el ambiente olía a aceite de armas pesado, cera de blindaje y al chispazo metálico de los condensadores de alto voltaje. Filas de soldados de la Guardia se ajustaban las corazas de cuarzo reflectante mientras los servomotores de los transportes sobre orugas zumbaban al fondo de la nave.
El Sargento Víctor, un veterano de cuello ancho y rostro surcado por cicatrices de quemadura térmica, arrojó un chaleco blindado de aramida gris sobre la mesa de calibración, justo frente a Kaelen.
—Ajusta las placas, sabiondo —gruñó Víctor, comprobando el cierre de su rifle térmico con un chasquido seco—. Partimos en veinte minutos.
Kaelen tomó el chaleco. El tejido sintético estaba frío y pesado en sus manos.
—Sargento Víctor, he revisado los vectores del pico de presión —dijo Kaelen, dando un paso hacia el oficial—. La interferencia no vino del exterior. Si enviamos una columna armada al desierto en lugar de revisar los purgadores de la central, el reactor volverá a sobrecargarse en medio de la marcha.
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Editado: 14.09.2026