El canto de las estrellas

CAPÍTULO 5

El gemido hidráulico de la Puerta Sur de Ambaria retumbó en las paredes de cuarzo como la agonía de una bestia de acero. Con una lentitud brutal, las gigantescas compuertas de triple blindaje comenzaron a elevarse, rompiendo el sellado hermético que separaba el microclima esterilizado de la ciudad del abismo exterior.

Una ráfaga de aire abrasador golpeó el rostro de Kaelen con la violencia de una sacudida física. No se parecía en nada al calor seco y controlado de los talleres de calibración; era un aliento denso, cargado de arena fina, silicio incinerado y el rastro metálico de la piedra expuesta durante siglos a la radiación solar. El impacto fue tan violento que las lágrimas que brotaron de sus ojos para proteger las córneas se evaporaron casi al instante sobre sus pestañas.

—Sujétate bien, sabiondo, o saldrás volando por el portón antes de cruzar la fosa —gruñó el Sargento Víctor, aferrándose al pasamanos de acero del blindado mientras la suspensión hidráulica del vehículo se reajustaba con un crujido sordo.

Kaelen apretó los dedos contra la barandilla del transporte. A través del visor reforzado del parabrisas, contempló la transición. Atrás quedaba la simetría perfecta de Ambaria: las torres de cristal pulido, las sombras proyectadas por los reflectores parabólicos y la cúpula dorada que protegía a la población. Delante de ellos se desplegaba el Desierto Crepuscular, un mar interminable de dunas de una tonalidad ocre que se ondulaba hasta perderse en un horizonte reverberante.

En el cielo, desprovisto de filtros de difracción, el sol no era el disco áureo y benigno de las liturgias del Padre Sol; era un coloso blanco, hipertrofiado y desmesurado que ocupaba casi un tercio del firmamento, arrojando una luz cegadora que hacía vibrar las rocas.

—Es más grande de lo que muestran los modelos holográficos de la academia —murmuró Kaelen, ajustando los filtros infrarrojos de sus anteojos técnicos con un gesto tembloroso de la mano.

—Los modelos de la academia están diseñados para que no te mees en los pantalones antes de graduarte, ingeniero —replicó Víctor, ajustándose la correa del casco dorado con un chasquido seco—. Bienvenido al mundo real.

El interior del transporte blindado olía a metal recalentado, lubricante sintético agrio y al sudor concentrado de doce hombres encerrados en un habitáculo estanco. El zumbido grave de los motores diésel-eléctricos hacía vibrar las placas del suelo, adormeciendo las piernas de los tripulantes mientras las cadenas del vehículo trituraban la corteza salina de las dunas.

En el flanco izquierdo de la cabina, el Cabo Jarek y tres soldados de la Guardia comprobaban las recargas de sus rifles térmicos. El chasquido rítmico de los cargadores al encajar en los armazones rompía el silencio.

—Dice el informe de la tercera sección que los salvajes del desierto usan una especie de luces bioluminiscentes en la piel —comentó Jarek, escupiendo una hebra de tabaco sintético sobre la chapa del suelo y mirando de reojo a Kaelen—. Si alguno de esos nómadas se nos acerca a menos de cincuenta metros, los eliminaremos antes de que pueda alzar una lanza.

Kaelen no apartó la vista de la pantalla del rastreador que descansaba sobre sus rodillas. Sus dedos, manchados de hollín seco tras la avería de la bahía, calibraron el potenciómetro en busca de alguna señal.

—No creo que empleen tecnologías como las nuestras, Cabo —dijo Kaelen, midiendo la voz para que no le temblara a pesar de los bandazos del transporte—. Los análisis de frecuencia que recuperé en los niveles sub-técnicos indican que los Moradores usan técnicas de naturaleza biológica e iónica. No se muestran datos de una descarga térmica convencional.

Jarek dejó escapar una risotada corta y despectiva, golpeando con el nudillo la coraza de cuarzo de su chaleco.

—Escucha al sabiondo —dijo el Cabo, mirando a los otros soldados—. Ahora resulta que los salvajes que comen raíces en las grietas de las piedras tienen ciencia propia. Para mí no son más que dianas con pintura fosforescente, ingeniero. Y cuando les metamos un rayo de plasma en el pecho, brillarán exactamente igual que el resto de las cosas que quemamos en Ambaria.

—Si tratas una señal biológica como si fuera un blanco de tiro convencional —replicó Kaelen, irguiéndose en el asiento y encarando al soldado—, sobrecargarás los sensores del convoy. Si el campo magnético del desierto se altera, este blindado quedará a ciegas en mitad de la nada.

—¡Suficiente! —interrumpió el Sargento Víctor con una voz que acalló de golpe el chistido de los motores—. Jarek, guarda esa lengua y limpia el cierre de tu arma. Y tú, Kaelen, mantén la boca cerrada y no te separes de tu consola.

Víctor se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas y fijando en Kaelen sus ojos grises y duros.

—En este transporte no nos importan tus teorías sobre la naturaleza de los salvajes ni tus correcciones de gabinete —continuó el Sargento en voz baja, dándole un golpecito con el dedo cargado de anillos sobre el chasis del rastreador—. El Padre Sol te ha puesto aquí para que esa máquina de escaneo nos diga por dónde avanzar sin caer en una sima de sílice. Tu trabajo no es filosofar sobre esos salvajes nómadas, sino asegurarte de que el radar no se apague antes de llegar a las primeras ruinas. Si fallas en eso, te aseguro que serás tú quien baje a abrir paso a pie delante de las cadenas.




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