El canto de las estrellas

CAPÍTULO 6

El cielo sobre el Desierto Crepuscular abandonó su blancura incandescente para teñirse de un violeta denso y purpúreo, un tono sangriento que hacía reverberar las crestas de las dunas rojizas. El motor diésel-eléctrico del blindado sobre cadenas redujo sus revoluciones con un gemido grave, hasta que el vehículo se detuvo por completo junto a una hilera de estructuras semienterradas.

Kaelen desempañó el cristal de su visor con el dorso del guante y miró al exterior. Lo que emergía de la arena no eran formaciones rocosas naturales, sino bloques colosales de hormigón armado y titanio erosionado por siglos de viento abrasivo. Parecían dientes rotos clavados en el lecho salino.

—Llegamos al sector de guardia de la antigua autopista del sur —anunció Kaelen, ajustando el dial del escáner con dedos aún marcados por el hollín.

El Sargento Víctor empujó la escotilla superior con el hombro. Una ráfaga de aire helado se coló de golpe en la cabina, trayendo consigo el olor a piedra refrigerada a la intemperie y el crujido sordo del cuarzo al contraerse por la caída drástica de la temperatura.

—Aseguren el perímetro exterior —ordenó Víctor, saltando al suelo de arena con un chasquido pesado de su armadura—. Jarek, coloca dos centinelas sobre la torre en ruinas que vigilen el perímetro. No quiero sorpresas mientras los servomotores del transporte se están refrigerando.

El Cabo Jarek escupió al suelo y amartilló su rifle térmico con un golpe seco de la palma.

—Son un montón de escombros viejos, Sargento —dijo Jarek, mirando los arcos metálicos destruidos con desconfianza—. Si hay algo vivo ahí dentro, solo serán alimañas o salvajes muertos de hambre.

—Las alimañas no alteran la densidad magnética de las tuberías de drenaje, Cabo —replicó Kaelen, descendiendo por la rampa trasera con el sensor portátil en la mano—. Estas ruinas conservan un pulso residual magnético bajo la arena.

—Guárdate tus lecturas de laboratorio para cuando regresemos a Ambaria, sabiondo —maldijo Jarek, ajustándose la correa del casco—. Aquí fuera, solo hablo un solo idioma, y es el de los disparos.

Kaelen se distanció diez pasos de las cadenas del blindado, hincando la sonda del escáner en la arena fría en busca de cualquier tipo de señal. Ajustó la lente óptica de sus anteojos para filtrar el resplandor púrpura del crepúsculo. A dos kilómetros hacia el oeste, una cresta de piedra negra cortaba el horizonte.

En la pantalla del visor, tres siluetas humanas permanecían completamente inmóviles sobre la cima de la colina.

Kaelen contuvo el aliento y reajustó la ganancia de luz infrarroja. No llevaban corazas reflectantes ni las túnicas rígidas que los Hijos del Sol suelen llevar en Ambaria. Lo que le heló la sangre fue el destello tenue de una luz azul verdosa y etérea que emanaba directamente de sus extremidades, trazando líneas simétricas sobre su piel que parecen parpadear con un pulso extrañamente rítmico.

—Sargento Víctor —llamo Kaelen en voz baja pero urgente, sin despegar el ojo de la lente—. Contacto visual en la cresta tres-cero.

Víctor subió la rampa de dos zancadas y apoyó el telescopio de combate sobre el chasis del transporte. Jarek y otros dos soldados con una sincronía milimétrica apuntaron de inmediato sus armas hacia la ladera.

—Tres dianas a dos mil metros —dijo Jarek con una sonrisa helada, apoyando el dedo sobre el gatillo—. Solicitó permiso para abrir fuego de contención, Sargento. Les meteré un rayo de plasma en el pecho antes de que puedan acercarse a nosotros.

—¡Esperad! —interpuso Kaelen, poniéndose entre el cañón de Jarek y la línea de visión—. No están armados, no percibo ningún despliegue de emisores de interferencia. Esa luz es de naturaleza orgánica y simbiótica. Si disparas un haz térmico a esa distancia, la refracción del aire helado revelará la posición exacta de nuestro campamento.

—Escucha al ingeniero, Jarek. Bajen las armas —ordenó Víctor, bajando el cañón del rifle del Cabo con la mano blindada—. Esas luces no son combate. Son los salvajes del clan lunar. Simplemente nos están observando.

En el horizonte, las tres figuras bioluminiscentes permanecieron inmóviles unos segundos más, brillando como luciérnagas solitarias en el crepúsculo sangriento, antes de disolverse en la sombra de las rocas sin dejar rastro.

La noche cayó sobre el desierto como una plancha de hielo. La temperatura se desprendió bruscamente bajo cero, haciendo que el metal de los blindados crujiera y gimiera bajo el impacto del frío nocturno.

Los soldados encendieron una pira de gel térmico en el centro de los bloques de hormigón en ruinas. La llama azulada proyectaba sombras largas y deformes sobre las paredes de piedra erosionada. El olor a combustible sintético agrio se mezclaba con el aliento condensado de los doce hombres que apretaban las manos contra las placas de calentamiento de sus chalecos.

El viento del desierto silbaba al atravesar las cavidades de las ruinas ancestrales, creando un gemido acústico agudo que sonaba a lamentación humana.

—Ese ruido no parece ser solo viento —murmuró uno de los reclutas, apretando la culata de su rifle con los nudillos blancos por la tensión—. Se dice que los Moradores usan proyecciones capaces de atravesar el metal sin ser interceptados.

—Cállate, recluta —gruñó Jarek, aunque él mismo no apartaba la vista de la penumbra más allá del círculo de luz del fuego—. Ninguna proyección es capaz de atravesar un blindaje de aramida de alta tecnología como la que poseemos en Ambaria.




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