El canto de las estrellas

CAPÍTULO 7

El cambio en el firmamento no ocurrió de forma progresiva, sino con la violencia tan súbita como un cortocircuito planetario. La bóveda violeta del crepúsculo sangriento se atenuó hasta ser sofocada por una luminiscencia verde esmeralda, densa y tóxica, que hizo que los minerales del suelo resplandecieran con un brillo fosforescente.

El aire cambió de textura al instante. Un olor a azufre abrasado y a ozono concentrado inundó las cavidades del caserío en ruinas, rancio y metálico, tan denso que hacía carraspear a los soldados. Kaelen sintió cómo los vellos de sus antebrazos se erizaban bajo las costuras del chaleco blindado; la electricidad estática acumulada en el ambiente hacía crepitar los bordes metálicos de los cascos con pequeños arcos de luz azulada.

—Sargento Víctor —dijo Kaelen, dando tres pasos rápidos hacia la posición del mando mientras ajustaba la ganancia del escáner portátil—. Mire la gráfica de la inducción. El gradiente magnético ha subido un trescientos por ciento en menos de dos minutos. No es una inversión de masa térmica convencional.

Víctor, que permanecía junto al chasis del blindado sobre cadenas comprobando el sellado de la escotilla, no se giró de inmediato. Ajustó la correa de cuero de su rifle térmico con un chasquido seco antes de encarar al joven ingeniero.

—El viento siempre levanta un polvo metálico en la hondonada, muchacho —gruñó Víctor, pasándose la mano blindada por la visera del casco para limpiar una capa de polvillo salino—. Recoge todas tus cosas y sube al transporte.

—¡No es polvo, Sargento! —interrumpió Kaelen, alzando la consola para que Víctor pudiera ver cómo las agujas holográficas oscilaban descontroladas en la zona roja—. Las líneas de campo están colapsando desde la estratosfera. Viene un frente de ionización masiva desde el norte. Si ese tipo de tormenta nos atrapa en campo abierto con los motores en marcha, la inducción freirá los rieles del blindado antes de que podamos sellar las compuertas.

El Cabo Jarek, que salía de la sombra del bloque de hormigón contiguo ajustándose las trincas de su coraza de cuarzo, dejó escapar una risotada seca.

—Escuchen al sabiondo —maldijo Jarek, escupiendo un hilo de saliva amarga sobre la arena verde—. Ahora resulta que el viento nos va a derretir las cadenas del convoy. Déjate de numeritos de laboratorio, Kaelen, y sube la rampa si no quieres que te dejemos aquí para que le leas tus ecuaciones a las piedras.

—Cierra la boca, Jarek —ordenó Víctor con voz tajante, mirando de reojo la pared de dunas en el horizonte.

A tres kilómetros al norte, el mar de arena rojiza había dejado de ondularse. Una muralla colosal de sílice cargada de hierro, de más de cien metros de altura y refulgente de rayos esmeralda, avanzaba hacia ellos en absoluto silencio, tragándose las fuentes de luz a su paso.

—¡Todos al interior del convoy! —bramó Víctor, empujando a dos reclutas por la rampa trasera del vehículo de cabeza—. ¡Sellen los filtros de aire y activen la toma de tierra manual!

El aire se volvió un aullido acústico ensordecedor cuando la primera ráfaga de viento magnético impactó contra las ruinas antes de alcanzarnos. Granos de cuarzo e hierro triturado golpearon la chapa del blindado como una descarga ininterrumpida de metralla. Dentro de la cabina, el olor a metal caliente y al sudor concentrado de doce hombres se volvió sofocante en cuestión de segundos.

Kaelen se abalanzó sobre el panel de distribución del transporte, intentando aislar la batería central mediante un trinquete mecánico.

—¡Hemos perdido la señal de la red central de Ambaria! —gritó el operador de radio, arrancándose el auricular del casco entre alaridos de dolor cuando un pitido agudo y ultrasónico saturó el canal de transmisión—. ¡La red de Ambaria está muerta! ¡Solo hay ruido blanco en todas las frecuencias!

Las pantallas de navegación parpadearon en un rojo furioso antes de estallar en una pequeña nube de chispas y humo negro. La luz ambiental de la cabina se apagó de golpe, dejando el interior sumido en la penumbra verdosa que se filtraba a través de las micas reforzadas del parabrisas.

—¡Mantengan la calma! —ordenó Víctor, manteniendo la posición en el centro del pasillo con la mano apoyada en la barra de sujeción—. ¡Jarek, activa el generador auxiliar de combustión interna!

—¡No responde, Sargento! —gritó Jarek desde la parte trasera, golpeando el motor de arranque con la palma de su guantelete—. ¡Los condensadores se han soldado por la carga estática! ¡La dirección hidráulica está bloqueada!

El blindado se escoró bruscamente hacia la derecha cuando una masa de arena fluida cedió bajo las cadenas de tracción. El chasis de acero crujió con un lamento metálico. Los hombres cayeron unos sobre otros entre maldiciones y el chocar sordo de sus corazas contra las taquillas de munición.

—¡Nos estamos deslizando hacia la grieta del cañón! —gritó Kaelen, aferrándose al marco de la consola mientras veía a través del parabrisas cómo las rocas de la ladera se desmoronaban bajo el empuje del vendaval eléctrico—. ¡Si nos seguimos deslizando sobre la tierra, los servomotores explotarán!

Un rayo de color verde incandescente descendió desde el cénit, impactando de lleno contra la antena de retransmisión del transporte. La descarga atravesó el blindaje exterior con una explosión sorda que arrojó a Kaelen contra la compuerta trasera. El golpe le vació los pulmones de aire y le hizo ver chispas blancas tras las córneas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.