El canto de las estrellas

CAPÍTULO 8

El habitáculo de detención del tanque oruga olía a metal engrasado y al vaho gélido que se filtraba por las juntas de la compuerta blindada. Tras la requisa efectuada por el Comandante Víctor en el Cañón del Vao, Kaelen permanecía sentado sobre una banqueta de hierro, con las muñecas desnudas y la espalda apoyada contra el mamparo. A través de la mirilla de la mampara de separación, la sombra de Solana se proyectaba sobre el panel de mandos como una silueta inmóvil.

El rugido constante de las cadenas oruga sobre la piedra del desierto amortiguaba los pequeños sonidos del interior. Kaelen deslizó la mano derecha por el dobladillo inferior de su mono de trabajo. Allí, cosido entre la doble capa de fibra ignífuga que su madre había reinforced antes de su partida, descansaba un fino filamento de acero de alta resistencia: la herramienta de corte microscópico que Jax le había facilitado en los talleres.

—Si vuelves a mover la mano, Kaelen, fijaré los grilletes magnéticos a la pared —advirtió la voz de Solana a través del intercomunicador. Su tono era plano, tamizado por la estática.

Kaelen detuvo el movimiento de los dedos y mantuvo los ojos fijos en la reja del piso por donde ascendía el aire caliente del radiador.

—Las placas de titanio de las botas están agarrotadas por el polvo de magnetita, Solana —respondió él—. Solo intentaba aflojar las correas. No llevo encima ninguna herramienta no autorizada, como bien comprobó el Comandante.

Un silencio pesado se instaló entre ellos. Solana se giró lentamente desde la consola de mando. Su rostro, iluminado por el parpadeo verdoso de los sensores de navegación, mostraba una rigidez cansada. Caminó hasta detenerse al otro lado de la reja blindada.

—Víctor no va a pasar por alto lo del desfiladero —dijo ella en voz baja—. Ha enviado una transmisión cifrada a la Inquisición en Ambaria. El informe sobre la sobrecarga del reactor y el emisor que destruiste en la arena ya está en manos del Consejo del Padre Sol.

Kaelen alzó la mirada, sosteniendo la de la oficial.

—¿Y qué dice tu informe, Solana? ¿Vas a incluir que la frecuencia del emisor evitó que el tanque quedara engullido por las arenas movedizas?

—Mi informe no miente —respondió ella fría como el hielo—. Tu conducta es un peligro y tu devoción inexistente. Intenté salvarte dándote una oportunidad, Kaelen. Te lo advertí antes de cruzar la muralla.

—Lo que tú llamas seguridad, yo lo llamo condena —murmuró Kaelen—. El reactor está matando la ciudad y el Consejo del Padre Sol lo oculta. Si no hallamos la respuesta en el desierto, Ambaria estará destinada a morir.

—¡Cierra la boca hereje! —lo cortó ella con un siseo contenido, mirando hacia la escala superior por donde los Centinelas realizaban sus rondas—. El Padre Sol nos protege. Sin su guía, seríamos como esos salvajes Moradores.

—¿Como la figura que vimos en la cima del cañón? —inquirió Kaelen en tono pausado—. No parecía una salvaje, Solana. Tenía luz propia.

Solana apretó los labios y una grieta de duda cruzó su mirada antes de volver a erigir su máscara de mando. No respondió. Dio media vuelta y regresó a la consola principal, cerrando el mamparo divisorio con un golpe neumático.

A solas de nuevo en la penumbra de la celda, Kaelen no perdió un segundo. Retomó el filamento de acero y lo introdujo con destreza en la costura interior de su manga izquierda. Sus dedos tropezaron con la pequeña protuberancia dura y plana que su madre le había colocado bajo la piel del antebrazo antes de la marcha.

No era solo un amuleto de protección como Liora le había asegurado. Era la baliza biométrica familiar: un rastreador de frecuencia activa conectado directamente a los servidores del Culto del Sol.

Aguantando el dolor, Kaelen se hizo un corte rápido en el brazo y, con los dedos manchados de sangre, arrancó el diminuto chip de su piel.

De inmediato, el receptor oculto en su bota vibró tres veces. Era Jax.

—Kaelen... ¿me recibes? —la voz de Jax llegó envuelta en un denso manto de parásitos electromagnéticos, distorsionada por la distancia—. La señal es débil... los repetidores de la cúpula están bloqueando las bandas inferiores.

—Te recibo, Jax —susurró Kaelen, limpiándose la sangre del antebrazo con un trapo de engrase—. Ya extraje la baliza. Estoy arrestado en el tanque y Víctor descubrió el emisor.

Un chasquido amortiguó la respuesta del técnico:

—Escúchame bien. Tienes que escapar de ese tanque ahora mismo. No esperes a llegar con los Moradores.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Kaelen.

—Intercepté una orden clasificada emitida desde la Gran Torre —transmitió Jax en un susurro apresurado—. No tendrás un juicio. Van a ejecutar directamente el ‘Código Negro’. En cuanto los Centinelas entre en combate contra los Moradores, fingirán un accidente y te arrojarán a las profundidades del desierto.

La revelación dejó a Kaelen sin aliento, sintiendo cómo el frío del blindaje metálico parecía filtrarse directamente en sus huesos ante la magnitud de la trampa en la que había caído.

—Al cortar la baliza, el sistema central detectó el cambio de inmediato —continuó Jax al otro lado de la línea, con la voz quebrada por la tensión y el miedo a ser interceptado—. Solana vendrá a tu celda en quince minutos para verificar el estado de la contención. Tienes que conectar el microprocesador que te di y falsificar un paro cardíaco por radiación en las lecturas del panel. Es la única forma de engañarlos y hacerles creer que el castigo ya se ha ejecutado por cuenta propia.




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