El ruido del motor secundario retumbaba con fuerza en los mamparos de titanio. A través de la tronera, la noche del Desierto Crepuscular parecía una masa viva de viento gélido y polvo de azufre golpeando el cristal. Kaelen yacía apoyado contra las cajas de munición, sintiendo el escozor en el brazo izquierdo, donde la herida de la baliza aún sangraba sobre su mono táctico.
Frente a él, custodiando la puerta, el joven recluta Eric sostenía su fusil de plasma con la rigidez típica de los recién graduados de la Academia. Apenas tenía dieciocho años; su túnica estaba impecable y en su pecho relucía la insignia de bronce del Padre Sol, pulida con fanatismo.
—Los salvajes andan sueltos ahí fuera, ingeniero —murmuró Eric, rompiendo el monótono silbido del aire con una voz en la que temblaba una mezcla de fervor y zozobra—. Los sacerdotes del templo nos enseñaron que los Moradores no tienen alma, que son solo sombras que intentan devorar nuestra luz. Kaelen alzó la mirada lentamente. El dolor de la herida le latía en la muñeca, sincronizado con el parpadeo azul del microprocesador clandestino que acababa de acoplar a la baliza para emitir la falsa señal de pulso nulo. —Lo único que trae el viento es azufre y magnetismo, Eric —replicó con frialdad—. Los nómadas y las bestias obedecen a las mismas leyes de la física que el reactor. No hay magia ni profanación, solo energía descontrolada.
El joven recluta frunció el ceño, con el rostro encendido de indignación:
—¡Esas son palabras de hereje! El Comandante Víctor no se equivoca contigo. El Padre Sol nos sustenta; quien duda de su doctrina merece ser purgado. ¡Si el Consejo me diera la orden, yo mismo ejecutaría tu sentencia sin vacilar!
Kaelen no respondió. En el brillo febril de los ojos de Eric no vio a un enemigo, sino un reflejo amargo de su propio pasado: la ceguera de una juventud educada para obedecer sin pensar, dispuesta a morir por una estructura que se desmoronaba por dentro.
Un golpe seco y metálico retumbó contra la torreta exterior.
—¡Ataque en el flanco derecho! —gritó Solana por el altavoz—. ¡Abran escotillas y fuego de supresión a la cresta!
Eric no esperó órdenes. Cegado por el fervor de la batalla y se lanzó al peligro.
—¡Por la gloria de la Gran Llama! —bramó el recluta, asomándose al exterior mientras preparaba el rifle.
—¡Eric, baja de ahí, idiota! —le chilló Kaelen incorporándose de un salto—. ¡Usan energía magnética, no plasma! ¡Morirás! El aviso llegó tarde. Una descarga silenciosa, una aguja de silicio impulsada por la energía estática de las dunas, atravesó la hendidura de la tronera con un silbido ahogado. El impacto no generó una explosión; fue un chasquido seco cuando la aguja de piedra perforó la placa pectoral de Eric, atravesando la insignia del Sol antes de salir por la parte posterior del mamparo.
El recluta cayó hacia atrás como un fardo desarticulado de tela y metal pesado. El fusil de plasma se desprendió de sus dedos crispados, golpeando el piso enrejado de la cabina con un estrépito sordo y metálico que resonó como una campana fúnebre.
Kaelen se arrojó al suelo de inmediato, deslizándose sobre la rejilla manchada de aceite para atrapar a Eric antes de que su cabeza impactara violentamente contra los angulares de hierro. La sangre, de un rojo intenso, caliente y humeante a pesar del viento gélido del desierto que entraba por la tronera, brotaba a borbotones, manchando el suelo y empapando por completo el pecho del mono táctico del joven. Eric entreabrió los labios con un espasmo, buscando desesperadamente un aire que sus pulmones destrozados ya no podían retener; sus ojos, que apenas unos segundos antes destellaban con la altivez ciega y fanática del adoctrinamiento, miraron ahora a Kaelen con un terror puro, primitivo e infantil, despojado de cualquier fachada militar. —Tengo... tengo frío, ingeniero — farfulló el recluta en un gorgoteo ahogado por un hilo de saliva ensangrentada. Su mano, torpe y temblorosa, intentó tantear a ciegas el vacío, buscando instintivamente la insignia destrozada en su pecho —. ¿El Padre Sol... me recibirá en la cúpula de luz? Kaelen apretó los dedos sobre la herida del chico, intentando contener la hemorragia imposible, mientras el viento nocturno rugía por la tronera abierta. —Tranquilo, Eric... no hables —murmuró Kaelen, sintiendo que el cuerpo del recluta se volvía pesado en sus brazos—. Manténte despierto.
El chico dio un último espasmo sordo, un temblor seco que recorrió todo su torso, y su mirada se volvió completamente de cristal, fija y vacía en la penumbra. La insignia de bronce del Culto del Sol, manchada de sangre oscura en la semioscuridad de la cabina, dejó de reflejar por completo la luz parpadeante de las linternas de emergencia.
Con el corazón encogido, Kaelen depositó con extrema suavidad el cuerpo sin vida sobre el suelo enrejado. El penetrante olor a hierro fresco de la sangre humana y el humo acre del plasma saturaron el aire cerrado de la estancia, volviéndolo casi irrespirable.
En ese preciso instante, la escotilla neumática superior se abrió con un silbido violento y desgarrador. Solana descendió con agilidad por los escalones metálicos, con la pistola táctica firmemente desenfundada y el rostro tenso por la alerta. Pero al bajar la vista y encontrarse con el cadáver inerte del recluta y las manos de Kaelen completamente cubiertas de sangre fresca, la oficial se detuvo en seco, conteniendo el aliento. —Eric... —susurró Solana, bajando despacio el arma—. Él cubría el sector tres... Se supone que debía mantenerse a cubierto.
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Editado: 01.10.2026