El canto de las estrellas

CAPÍTULO 10

El estruendo de los tres tanques al frenar levantó una nube de polvo rojizo que tardó minutos en asentarse sobre las rocas. Frente a la columna militar, abriéndose hacia el Desierto Crepuscular, se alzaba una estructura titánica emergiendo de la arena: una aguja de cristal sulfuroso y titanio negro, cubierta de grabados geométricos que brillaban en azul cobalto.

No era una simple ruina ni un campamento nómada, sino una instalación ancestral construida por los antiguos astrónomos antes de la Purga.

En la cabina del blindado, el aire olía a gasóleo, ozono y sangre seca. El cuerpo del recluta Eric yacía en una esquina, cubierto con una lona táctica. Kaelen estaba junto al panel secundario, con la manga manchada por el vendaje del brazo. En la pantalla portátil, el temporizador de su microprocesador clandestino parpadeaba: la falsa señal de paro cardíaco ya había engañado a los repetidores del Culto.

La escotilla superior se abrieron con un chasquido y el Comandante Víctor descendió por la escala. Su armadura reflejaba los destellos de la tormenta y su rostro cicatrizado mostraba una fría determinación.

Solana lo seguía de cerca, con la túnica manchada de hollín y la mirada fija en la consola.

—Las terminales de telemetría de la metrópoli han recibido la señal de alerta, Comandante —informó Solana en voz baja—. El Alto Consejo ha transmitido una orden directa del Padre Sol.

Víctor caminó hacia el ventanal blindado de la cabina y contempló la aguja de cristal que emergía del suelo. Sus manos enguantadas se apretaron sobre la empuñadura del sable térmico.

—La directiva de purificación total —dijo Víctor con voz cavernosa—. Orden de aniquilación y demolición incondicional. Nada de lo que pertenezca a los antiguos heréticos debe quedar en pie al ponerse el sol. Preparen las cargas de emulsión sónica en la torreta principal.

Kaelen dio un paso al frente, ignorando el tirón doloroso de la incisión en su brazo.

—Destruir esto es un suicidio, Comandante —intervino, alzando la voz por encima del zumbido—. Esa aguja no es una base enemiga; es un modulador de energía. Si vuelan sus cimientos, la sobrecarga rebotará directo contra el reactor de Ambaria.

Víctor se giró lentamente. Sus ojos grises, fríos como la piedra del desfiladero, se clavaron en el joven ingeniero.

—Tu lealtad al Culto expiró cuando tu firma biométrica comenzó a emitir pulsos falsos en la red, Kaelen —contestó el Comandante, dando un paso hacia él—. La Inquisición ya ha calificado tu informe como alta traición. No estás en posición de dar lecciones.

—¡Víctor, escúchalo! —interrumpió Solana de golpe, dando un paso entre ambos y encarando al Comandante—. Las lecturas espectrales del terreno confirman lo que dice. La densidad del subsuelo muestra una red de resonancia conectada directamente con Ambaria. Si volamos la aguja con las cargas de emulsión, la onda térmica destruirá nuestros propios blindados antes de que la arena cubra el cráter.

Víctor observó a Solana con severidad antes de soltar un bufido amargo.

—La fe del Padre Sol no calcula riesgos de ingeniería, oficial —sentenció el Comandante—. La fe ejecuta órdenes. Los Astrónomos intentaron cuestionar el dogma con sus fórmulas estelares, y su legado debe ser reducido a cenizas. Soldados, preparen la carga de demolición de la torreta uno.

El Comandante presionó el conector de fuego.

Kaelen supo que el tiempo se había agotado. Con un movimiento rápido, extrajo el microprocesador clandestino y lo conectó en la ranura de diagnósticos del tanque principal.

—¿Qué haces? —gritó Solana, echando mano a su pistola.

—Asegurar mi supervivencia.

Alteró la fase del condensador, provocando un cortocircuito masivo. La bobina absorbió toda la carga del acumulador, liberando un pulso electromagnético brutal.

Una descarga cegadora de luz blanca estalló en el interior. El destello fundió los visores y llenó la cabina de chispas y humo sintético.

—¡Es una sobrecarga! —chilló un soldado entre la bruma.

Los sistemas de disparo colapsaron y los cerrojos de las escotillas se abrieron por falta de energía. Víctor tropezó contra el mampara, cegado y furioso, desenfundando su sable.

—¡Atrapen a Kaelen! ¡Disparen a matar! —rugió por el intercomunicador.

Pero Kaelen ya no estaba ahí. Aprovechando el caos y el humo denso, abrió a patadas la escotilla de drenaje del piso y se dejó caer hacia la noche gélida.

El aire helado del desierto lo golpeó de inmediato. A sus espaldas, el tanque expulsaba fuego azul por los respiraderos; al frente, la aguja de cristal latía en la penumbra, revelando la entrada a las catacumbas.

Ajustándose la bolsa con los planos robados contra el costado, Kaelen echó a correr hacia las sombras de las ruinas, directo hacia el abismo de la noche.




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