La tormenta de polvo ionizado azotó el Cañón del Vao como una masa furiosa de electricidad y azufre que convirtió el aire en una fragua incandescente. Las rachas, cargadas de partículas magnéticas, golpeaban los fuselajes de titanio con el estrépito de miles de agujas sobre una lámina de latón. En minutos, los paneles ópticos quedaron ciegos y la luz del sol se extinguió tras una humareda violeta que abrasaba los pulmones.
En el perímetro, el pánico estalló entre los Centinelas. Las radios chisporroteaban con gritos distorsionados, ahogadas por el aullido sordo de las bestias bioluminiscentes que, acorraladas por el colapso electromagnético, emergían de las grietas del basalto para atacar a ciegas.
Kaelen rodó fuera de la escotilla inferior del tanque inutilizado, impactando con fuerza contra la roca dura. El golpe le desgarró el hombro, pero aferró con fuerza la bolsa táctica contra su pecho. A su alrededor, las llamas azules de los motores arrojaban sombras gigantescas sobre el desfiladero.
—¡Mantengan la línea de fuego! —rugió la voz de Víctor a través del humo denso—. ¡Disparen a cualquier cosa que se mueva!
Un rayo de plasma rasgó la penumbra a pocos metros de Kaelen, pulverizando un peñasco de cuarzo y cubriéndolo de esquirlas ardientes. El joven ingeniero se agazapó tras el chasis humeante de un camión de reabastecimiento, buscando aire con desesperación. El polvo de azufre le quemaba la garganta, pero el destello intermitente del cristal azul que llevaba bajo la túnica le indicaba que el emisor de potencia seguía operativo.
A través de la niebla violeta, una figura imponente avanzó con pasos pesados. Víctor caminaba entre la ventisca con el sable térmico desenfundado en la mano derecha. Su armadura de titanio estaba cubierta de hollín, y la visera dorada de su casco, destruida por la sobrecarga del reactor, dejaba al descubierto una mirada de piedra fija en el muchacho.
—Se acabó la huida, Kaelen —retumbó la voz del Comandante, amplificada por el diafragma de combate—. Destruiste el equipo, provocaste la muerte de un Hijo del Sol y quisiste entregar los secretos de la ciudad a los heréticos.
Kaelen se incorporó despacio, apoyando la espalda contra la rueda de oruga. Sintió el escozor de la sangre seca en el antebrazo, pero sostuvo la mirada sin retroceder.
—No intentaba entregar nada, Víctor —contestó, alzando la voz contra el viento—. Buscaba evitar que destruyeras la aguja de cristal. Esas ruinas son la única defensa que le queda al planeta frente al colapso del núcleo. Si el Padre Sol activa las cargas sónicas, Ambaria se congelará en el próximo ciclo.
Víctor dio dos pasos más, reduciendo la distancia hasta quedar a escasos cuatro metros. El filo incandescente de su sable térmico zumbaba con una frecuencia mortal, proyectando reflejos anaranjados sobre la arena.
—Ambaria sobrevive porque tiene disciplina y fe —replicó con frialdad implacable—. Tu padre dijo lo mismo ante el tribunal antes de ser condenado. Creía que la ciencia de los antiguos podía reemplazar al Sol. Solo trajo infamia a su familia.
—Mi padre no era un traidor —apretó los puños Kaelen—. Tuvo el valor de mirar la verdad cuando ustedes prefirieron cerrar los ojos y obedecer a un tirano.
—Tu padre era un débil —sentenció Víctor, alzando el arma—. Y la debilidad se contagia. Prometí a tu madre que cuidaría de ti, pero cruzaste la línea. Y una vez activado el ‘Código Negro’ no admite excepciones.
El Comandante lanzó una diagonal de fuego térmico dispuesta a cercenar el cuello del joven.
Kaelen no intentó esquivar el tajo hacia los lados; el terreno de magnetita lo habría hecho caer. En su lugar, metió la mano en la bolsa y extrajo el viejo astrolabio de latón heredado de su padre. Con precisión milimétrica, alineó la carcasa pulida en el ángulo exacto donde el rayo del proyector secundario del tanque incidía sobre la bruma.
Las facetas del instrumento y el cristal azul actuaron como un espejo parabólico concentrado.
Un haz de luz hiperconcentrado, de un blanco cegador, brotó del astrolabio e impactó de lleno en los visores ópticos descubiertos de Víctor. La radiación ultravioleta rebotó en la cara interna del casco con la fuerza de un fogonazo.
El Comandante lanzó un rugido de dolor, soltando el sable y llevándose las manos a los ojos abrasados.
—¡Maldito seas! —bramó, dando traspiés a ciegas mientras las defensas de su armadura chirriaban.
Kaelen no dudó. Conectó el terminal del microprocesador clandestino a su propio mono de trabajo, llevó la modulación al límite crítico y presionó el conmutador biométrico.
Una pulsación magnética invisible brotó del dispositivo. En los monitores de la Gran Torre, a leguas de distancia, el registro vital del ingeniero emitió una última fluctuación antes de convertirse en una línea plana de paro cardíaco e incineración térmica.
A su alrededor, la onda electromagnética hizo estallar las últimas linternas, sumiendo el cañón en una penumbra violeta surcada por la tormenta.
Víctor, apoyado sobre una rodilla, alzó el rostro a ciegas hacia donde estaba el muchacho.
—¡Kaelen! —gritó con la voz quebrada—. ¡No hay escapatoria! ¡Volverás arrastrándote, y entonces ya será tarde!
Kaelen se ajustó la bolsa al hombro, le echó una última mirada al hombre que había sido su maestro y dio media vuelta. Dejó atrás el casco roto y la insignia de trabajo sobre la arena ensangrentada. Para Ambaria, para la Inquisición y para el Comandante Víctor, el ingeniero Kaelen había muerto abrasado por la tormenta.
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Editado: 01.10.2026