El fragor de la tormenta de polvo ionizado retumbaba como un tam-tam de guerra en las paredes de basalto del desfiladero, haciendo vibrar los dientes de los soldados. El humo azulado del motor incendiado del tanque oruga se mezclaba con la bruma acre de azufre, reduciendo la visibilidad a apenas unos metros de distancia y convirtiendo el aire en una trampa irrespirable. Tras el cegador fogonazo provocado por el astrolabio y la modulación clandestina del microprocesador, la red biométrica de Ambaria emitió un chasquido sordo y metálico en los receptores tácticos de la patrulla, congelando el pulso de los comunicadores.
A cuatro metros de la boca del pozo que conducía a las catacumbas, el Comandante Víctor permanecía hincado sobre una rodilla, frotándose los ojos con desesperación mientras el ardor le desgarraba las retinas. El visor de su casco de titanio chirriaba en un intento inútil y eléctrico por recalibrar los sensores ópticos, completamente destruidos por el haz de radiación ultravioleta.
—¡Informe de telemetría! —rugió Víctor, golpeando el suelo con el puño enguantado—. ¡Quiero la firma biológica de ese muchacho ahora mismo!
Un oficial Centinela se aproximó a pasos vacilantes, tropezando con los escombros, mientras sujetaba una consola táctica cuyo monitor parpadeaba con una insistente y solitaria línea plana de color carmesí.
—Señor... la señal del transmisor subcutáneo del ingeniero Kaelen se ha interrumpido por completo —informó el oficial con la voz quebrada por el miedo—. Registró un pico crítico de frecuencia antes de colapsar. Los parámetros indican paro cardíaco e incineración inmediata por la onda del condensador.
Víctor alzó lentamente el rostro ciego hacia la humareda de la tormenta. Había prometido cuidarlo, había cumplido la ley del Culto, pero su expresión no mostraba el alivio del deber cumplido, sino una sombra profunda y amarga de fracaso absoluto.
—¿Desintegrado? —murmuró Víctor—. Un final digno, igual que su padre.
Solana descendió por la escalera del tanque inutilizado, ajustándose el respirador. Observó la pantalla del oficial y luego dirigió la mirada hacia el borde del abismo, donde los restos calcinados de la sonda y unas manchas de sangre fresca marcaban las rocas.
—La baliza no miente. Kaelen ha muerto —afirmó con pulso firme.
Víctor permaneció en silencio durante varios segundos. El viento gélido del desierto agitaba su capa negra contra las placas de la armadura.
—Pongan a la unidad en posición de repliegue —ordenó finalmente Víctor, poniéndose en pie con pesadez—. El generador del tanque principal está arruinado y las bestias bioluminiscentes se reagrupan en las dunas altas. No perderé más hombres por el cadáver de un traidor. Transmitan el informe de defunción a la Gran Torre de Ambaria: el rebelde ha sido neutralizado en combate.
—Entendido, Comandante —asintió Solana, dándose la vuelta para transmitir las órdenes a los reclutas supervivientes.
En el borde del precipicio, oculto tras la densa cortina de humo y el saliente de basalto, Kaelen escuchaba cada palabra. Apoyaba la espalda contra la piedra helada, sintiendo el aire gélido penetrar por las rasgaduras de su mono táctico. Su brazo izquierdo sangraba de forma constante donde la incisión de la baliza permanecía abierta, pero su corazón latía con la furia sorda de quien sabe que acaba de cortar el último amarre con su pasado.
Para Ambaria, para Liora y para el Comandante Víctor, el ingeniero Kaelen había dejado de existir en el torbellino de arena. Ya no había vuelta atrás.
Abajo, en las profundidades de la garganta negra, la aguja de cristal de Los Astrónomos refulgía con un latido tenue de luz azul cobalto. La sima que separaba la repisa superior del umbral subterráneo era un abismo de más de treinta metros de caída vertical, salpicado por corrientes magnéticas cruzadas que hacían silbar la arena en la penumbra.
—Si la teoría de los vectores es errónea, esto terminará antes de empezar —murmuró Kaelen para sí mismo.
Ajustó las correas de la bolsa de cuero contra su pecho, asegurando el astrolabio de latón y la cartografía estelar. Tomó el pequeño generador de repulsión que le quedaba, conectó los polos directamente a la hebilla de titanio de su cinturón y aguardó al momento exacto en que la ráfaga de viento ionizado alcanzara su pico máximo de densidad.
Detrás de él, el estruendo de los motores de los dos tanques restantes de Ambaria comenzó a alejarse, maniobrando en retirada hacia el norte.
Kaelen tomó aire, dejó atrás su casco estropeado sobre la roca, cerró los ojos un instante recordando el último destello del firmamento que vio en los textos prohibidos de su padre, y se lanzó por el barranco hacia la entrada de la instalación enterrada.
El salto fue una caída brutal hacia la nada. El viento de azufre le azotó el rostro con la fuerza de un látigo, helándole los pulmones. Durante dos segundos de vértigo absoluto, la sima pareció tragarlo. Justo cuando la estructura de cristal de la base se abalanzaba hacia él a velocidad de impacto, Kaelen accionó el conmutador de su cinturón.
El condensador liberó una descarga inversa de energía magnética. El impacto de repulsión contra la magnetita de las paredes del cañón no detuvo la caída por completo, pero frenó bruscamente la inercia, proyectando su cuerpo en diagonal hacia la plataforma de la entrada.
Kaelen impactó de costado contra el umbral de titanio negro, rodando sobre el polvo seco hasta chocar contra los marcos salientes de la gigantesca puerta de cristal.
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Editado: 01.10.2026