El canto de las estrellas

CAPÍTULO 13

El frío en el subsuelo de la aguja de cristal no se parecía en nada al frío helado e implacable de la noche en el desierto. No venía acompañado del silbido ensordecedor del viento ni del roce abrasivo del polvo de azufre contra las placas de los vehículos; era una quietud mineral, densa, pesada y sepulcral, una atmósfera estancada que parecía haber permanecido completamente inmóvil durante los oscuros eones transcurridos desde la Purga.

Kaelen abrió los ojos con extrema lentitud, sintiendo la boca pastosa, los labios agrietados y un persistente sabor acre a hierro y óxido en la lengua. La losa de titanio negro sobre la que yacía estaba congelada, absorbiendo de manera implacable el poco calor corporal que le quedaba a través del tejido rasgado y manchado de sangre de su mono de ingeniero. Al intentar incorporarse, un dolor agudo y punzante le recorrió todo el costado derecho, recordándole con crueldad el impacto brutal contra el umbral durante su desesperada caída en la plataforma de acceso.

Acomodó la espalda con torpeza contra la base fría de una columna abovedada, buscando un punto de apoyo que le permitiera estabilizar el mareo. El silencio de la estructura subterránea era absoluto, solemne e imponente, roto únicamente por el eco lejano del goteo distante de un condensador seco y por el latido desbocado y acelerado de su propio pecho.

A su alrededor, el pasillo de cristal oscuro se extendía hacia la penumbra infinita. Las paredes, intrincadamente grabadas con finas vetas de aleación argentada, emitían una luminiscencia tenue, constante y fantasmal, una luz fría de tono azul cobalto que permitía adivinar con sobrecogimiento la majestuosidad olvidada del santuario ancestral de Los Astrónomos. No quedaba ya rastro alguno de las llamas furiosas de los tanques, ni del olor acre a plasma, ni del humo asfixiante de la batalla exterior; el pesado portal de entrada se había sellado herméticamente tras su salto, aislándolo por completo y para siempre del mundo de arriba.

—Sigo vivo —murmuró Kaelen para sí mismo, con la voz ahogada y frágil en el vasto e interminable espacio del santuario.

Aflojó el nudo de su bolsa de cuero y comprobó el contenido con dedos entumecidos. El astrolabio de latón de su padre estaba intacto, aunque con la carcasa tibia tras la descarga reflectante que había cegado al Comandante Víctor. La cartografía estelar robada permanecía seca. Sin embargo, al inspeccionar el pequeño terminal portátil de diagnósticos, la pantalla de cristal líquido parpadeó con un destello agónico antes de apagarse definitivamente: la sobrecarga del condensador en la superficie había frito los microcircuitos primarios.

Antes de que Kaelen pudiera lamentar la pérdida de su herramienta principal, un zumbido agudo y metálico reverberó con fuerza en la cúpula superior del pasillo, rompiendo la quietud sepulcral del santuario.

No era el sonido orgánico de los monstruos bioluminiscentes del desierto ni la vibración pesada de los motores de combustión de Ambaria. Era el tono sordo, eléctrico y característico de los rotores magnéticos de un dron cazador de la vanguardia Centinela, diseñado para rastrear firmas térmicas en los rincones más inaccesibles.

Kaelen se congeló de inmediato contra la base de la columna, conteniendo la respiración y apretando los dientes para evitar que el dolor del costado delatara su posición.

A través de las rendijas de filtrado de la cúpula, donde las grietas abiertas por los milenios y la reciente tormenta exterior permitían el acceso al tubo de ventilación, una pequeña esfera de titanio negro se descolgó sigilosamente hacia el interior. El dron, equipado con un sensor óptico infrarrojo que giraba con clics mecánicos, rítmicos y secos, descendió de manera pausada en la penumbra del pasadizo. Un haz de luz roja, intensa y cortante, rasgó la atmósfera azul cobalto, barriendo sistemáticamente los relieves del suelo milenario y los rastros de polvo magnético y sangre fresca que Kaelen había dejado tras de sí al rodar.

Víctor no se había confiado del todo. A pesar del informe definitivo de fallecimiento transmitido a través de la red biométrica por la propia Solana, el implacable Comandante no pensaba dar nada por sentado. Antes de ordenar el repliegue definitivo de la columna militar hacia Ambaria, había activado personalmente el protocolo de búsqueda y desplegado los drones autónomos de rastreo térmico para peinar los accesos subterráneos de la aguja.

El haz rojo se detuvo a tres metros de la posición de Kaelen.

Con la mente trabajando a marchas forzadas, Kaelen se deslizó en silencio hacia la sombra de la columna contigua. El frío de las losas le entumecía los pies, pero cada movimiento debía ser milimétrico; el dron no buscaba señales de radio, sino la firma de calor de la respiración humana.

Sabiendo perfectamente que no podía huir por el pasillo principal sin ser interceptado por los sensores ópticos, Kaelen metió la mano en la bolsa táctica y sus dedos rozaron la fría carcasa metálica del viejo astrolabio de su padre. Sin el terminal de diagnósticos, no podía reprogramar los sensores del explorador; solo le quedaba el recurso: crear una distracción física.

Tanteando el forro interior de su mono de trabajo, y encontró una pequeña tuerca de bronce. Conteniendo la respiración, calculó la distancia y la arrojó con un movimiento seco y medido hacia el extremo opuesto del pasillo.

El metal chocó contra un bajorrelieve de cristal con un chasquido agudo.

El dron cazador giró la esfera de inmediato, proyectando su haz rojo hacia el punto del impacto y acelerando los rotores con un zumbido amenazante.




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