El canto de las estrellas

CAPÍTULO 15

El túnel de basalto y cristal ascendía con una pendiente suave y silenciosa. Allá atrás, sepultado bajo toneladas de piedra milenaria, el santuario guardaba el pulso recién despertado de la primera Llave Estelar. La onda electromagnética había fundido las compuertas traseras, dejando a los soldados y al Comandante Víctor aislados al otro lado, bloqueados por el terreno y la tormenta.

Kaelen avanzaba con paso pesado, apoyando la mano en el muro de cristal para mantener la estabilidad. La caminata se medía por el crujido constante del polvo bajo sus botas y por el sonido lejano de una corriente de agua que corría por las galerías inferiores.

A su lado, Seraphina marchaba en silencio. De sus antebrazos y sienes brotaba un destello suave de luz azul que guiaba el camino. De vez en cuando, sus ojos se detenían en la mano izquierda del ingeniero: bajo la piel, las vetas marcadas por la energía de la Llave Estelar emitían ahora un brillo tenue y constante.

—Tu cuerpo se está adaptando bien a energía de la Llave Estelar —dijo ella, rompiendo la quietud con un tono sereno—. En tu ciudad intentabas doblegar la energía; pero aquí has dejado que fluya a traves de ti.

Kaelen miró su propia mano, observando con calma los surcos luminosos. Ya no sentía la necesidad obsesiva de medirlo todo con los aparatos.

—En la Academia nos enseñaban que la energía era solo un recurso que debía aprovecharse al máximo —respondió, ajustándose la bolsa táctica para proteger las costillas doloridas—. No sabíamos que podía haber un equilibrio.

—Ese tipo de poder solo busca consumirlo todo a su paso —respondió Seraphina al detenerse frente a un recodo donde el aire cambiaba de golpe—.

Una ráfaga de aire fresco los recibió con olor a tierra húmeda y vegetación viva. El túnel terminaba en la ladera protegida de una brecha natural, oculta entre dos inmensos muros de piedra que bloqueaban cualquier vista desde el páramo.

Ante ellos se extendía el Oasis Crepuscular.

A diferencia del desierto estéril de las afueras, este rincón oculto florecía protegido por la roca. Manantiales de agua templada alimentaban helechos gigantes y racimos de hongos luminosos que extendían sus sombrillas plateadas sobre el suelo. El estanque del centro reflejaba un cielo despejado, libre de azufre, donde la luz nocturna brillaba con fuerza, acompañada por el brillo lejano del firmamento.

Kaelen se acercó al borde de la roca, impresionado por el contraste entre la estrechez metálica de los túneles y la inmensidad de la noche.

Al mirar hacia el norte, sobre la línea del horizonte, distinguió la silueta de Ambaria.

A mucha distancia, la gran metrópolis ya no parecía una fortaleza inexpugnable. Era apenas un punto oscuro en la bruma, un rescoldo de luz artificial que parpadeaba de forma irregular.

—Ahí está —murmuró Kaelen, apoyando los puños en la piedra fría—. La joya del imperio. La ciudad que creía dominarlo todo.

Seraphina se puso a su lado, dejando que el viento nocturno moviera sus ropas.

—Parece una chispa a punto de apagarse en medio de la nada —observó—. Se encerraron tras las murallas buscando seguridad, pero solo construyeron una trampa para si mismos.

—Mi madre debe estar en casa preparando las ofrendas de rutina —dijo Kaelen con un nudo en el pecho—. Pensando que morí en el desierto.

Seraphina giró la cabeza para mirarlo.

—¿Te arrepientes de haberte marchado?

Kaelen apretó contra sus costillas el viejo astrolabio de latón. El objeto ya no era solo una herramienta prohibida, sino la prueba de que el mundo era mucho más grande de lo que le habían contado.

—No —contestó con firmeza—. El hombre que obedecía ciegamente se quedó atrás. El que está aquí sabe que la ciudad no se salvará por si sola, sino cambiando el rumbo antes de que sea demasiado tarde.

Seraphina señaló con la mano hacia el sur, donde las dunas se perdían en la distancia bajo el resplandor de la noche.

—Entonces nuestro camino sigue adelante —dijo—. Despertamos una pieza, pero el equilibrio exige completar el círculo. En las profundidades del desierto abierto, donde mi gente aún conserva registros antiguos, se encuentra la siguiente respuesta. Debemos avanzar hacia el sur.

—El ejército nos perseguirá en cuanto descubran que el reactor sigue fallando —advirtió Kaelen.

—Que lo intenten —respondió ella, ofreciéndole la mano—. El camino es largo y no lo recorreremos solos.

Kaelen miró la mano extendida de la joven, sintiendo el calor y la certeza de que la distancia entre sus mundos acababa de romperse. Tomó su mano con un apretón firme.

Bajo el cielo abierto, dieron los primeros pasos hacia la oscuridad de la noche, listos para lo que les esperaba.




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