El canto de las estrellas

CAPÍTULO 16

El resplandor de la luna descendía sobre las dunas de cristal como una manta de plata eléctrica, gélida y vibrante. La arena de aquí no era roja, sino de un blanco de sílice que reflejaba la luz de la bóveda con un brillo metallic e hipnótico. A las orillas de la reserva subterránea del oasis, Seraphina permanecía inmóvil, arrodillada en la penumbra. Extendía las manos hacia una colonia de hongos bioluminiscentes que rompían la dureza del basalto, fascinada por el brillo químico que despedían.

Con cada exhalación de la joven, los sombrerillos bioluminiscentes respondían encendiéndose con una descarga cian, como si la colonia de hongos estuviera calibrada para medir cada respiración.

Kaelen la observaba desde la sombra de un helecho gigante, sentado sobre una roca pulida por el agua. Llevaba el rostro surcado por finas cicatrices de quemaduras de azufre y la piel curtida por el polvo del cañón. Su antiguo mono táctico de ingeniero de Ambaria, rasgado en los hombros y las rodillas durante la huida, aparecía ahora remendado con tiras de fibra vegetal y cuero de bestia de duna que Seraphina le había facilitado. De la impecable túnica dorada de los Hijos del Sol solo quedaban jirones descoloridos, sofocados por la pátina de hollín y arena.

Sin embargo, bajo la ropa de su pecho, algo misterioso latía. La Llave Estelar que habían despertado en la cueva vibraba dentro de él como un segundo corazón. Era una fuente de poder viva que parecía conectarse directamente con la noche y las estrellas.

—Deja de buscarle el sentido, Kaelen —dijo Seraphina sin girarse. Hablaba con una calma absoluta—. Puedo oír tu respiración agitada cada vez que la reliquia responde a la noche.

Kaelen se miró los dedos. Las venas luminosas de color azul que le habían quedado en la piel tras tocar el pedestal brillaban bajo la luz de la noche.

—Es que no tiene lógica, Seraphina —protestó él, frotándose la nuca con cansancio. Las canas de su cabeza eran el resultado del desgaste mental que sufrió al encender el sistema—. En la Biblioteca de Ambaria la teoría era clara: la energía se mide en voltios, requiere un combustible y sigue una sola dirección. Que un hongo reaccione al ritmo de tu respiración es imposible según los manuales de la Academia.

Seraphina se puso de pie con soltura. La brisa helada agitó sus túnicas delgadas mientras caminaba hacia él. La luz del satélite iluminó la pintura azul de sus pómulos.

—En tu ciudad os enseñaron a explotar el planeta, no a convivir con él —dijo mirándolo de frente—. Para los tuyos, la energía es combustible que se quema y se destruye. Para nosotros, la luz es la fuerza que mantiene unidos a todos los seres del cosmos. Olvídate de tus circuitos, Kaelen. No estás intentando arreglar una máquina; estás interactuando con un ser vivo.

Kaelen miró la marea de arena blanca que se perdía en el horizonte sur. El silencio era colosal, interrumpido únicamente por el murmullo de los manantiales y por el crujido metálico que la magnetita emitía al enfriarse bajo la noche.

—En mi ciudad ya me consideran muerto —murmuró Kaelen con voz grave—. Destruí mi rastreador médico. Mi madre pensará que caí en combate y el Comandante Víctor me habrá declarado traidor.

—¿Y quién eres ahora que has dejado atrás Ambaria? —inquirió Seraphina, mirándolo fijamente.

Kaelen guardó silencio mientras tocaba en su bolsa el astrolabio de su padre y el cristal azul.

—Un hombre sin patria —respondió—. Alguien que descubrió que su ciudad era una cárcel. Pero de nada sirve saberlo si no evito que el reactor consuma el planeta.

—Saber la verdad es importante, Kaelen —dijo Seraphina, mojándose las manos en el estanque—. Mañana llegaremos al territorio de los Moradores de la Luna. Mi clan no conoce tus leyes ni tu tecnología, pero cree en la profecía de Los Astrónomos.

—¿Aceptarán a alguien como yo? —preguntó Kaelen mirando su ropa rota—. Llevo el uniforme del enemigo que lleva la sangre de tu gente.

—Habrá quienes solo vean en ti a un soldado de la ciudad —admitió ella con sinceridad, observando cómo la luz etérea iluminaba el rostro del joven—. Thon, el jefe de los cazadores, ya ha pedido al Consejo que te ejecuten en cuanto pises nuestro campamento.

Kaelen la miró con sorpresa y frunció el ceño.

—¿Thon? —repitió—. ¿Cómo es posible que sepan que estoy contigo? Ni siquiera he llegado a vuestro territorio... y tú fuiste quien vino a buscarme a la fosa.

—Las dunas tienen ojos, Kaelen —explicó Seraphina, mirando las aguas del estanque donde el reflejo de la luna vibraba como un plato de plata—. Mis exploradores vieron cómo caías en las ruinas durante el ataque de las bestias y la tormenta. Pero fue la señal de tu propio emisor de pulso lo que alertó a nuestras patrullas perimetrales. Al detectar tecnología de Ambaria tan cerca del oasis, Thon supuso que eras la vanguardia de una invasión. Cuando me adentré en las catacumbas para rescatarte antes de que los drones te dieran caza, dejé claro ante el clan que no te abandonaría. Para Thon, mi marcha solo confirmó que un Hijo del Sol ya había comenzado a corrompernos. Él no entiende que la Sombra Cósmica que se acerca por el firmamento no distingue entre los muros de bronce y las tiendas de piel. Para él, la única respuesta al fuego de Ambaria es la sangre.

Kaelen se levantó de la roca, sintiendo un leve tirón en las costillas contusionadas. Dio un paso hacia la orilla, deteniéndose junto a ella. Bajo la superficie cristalina del agua, la radiación del cristal que llevaba al pecho proyectaba sombras azules que bailaban en sincronía con la bioluminiscencia de los hongos.




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