Tras atravesar una cortina de raíces vibrantes que emitían un destello tenue, Kaelen y Seraphina iniciaron el descenso por una escalera tallada a mano en la piedra. Con cada paso, el viento helado del desierto quedaba atrás, reemplazado por el eco grave del agua subterránea mezclada con una salmodia ritual que parecía emerger del fondo de las cavernas.
Kaelen escudriñaba las paredes con ojo crítico. Criado en los bloques de titanio y bajo los paneles solares de Ambaria, la arquitectura del refugio le resultaba ajena e inquietante. Aquello no era una ciudad construida, sino un hormiguero excavado en la roca volcánica, integrado por completo con el ecosistema de las cavernas. Ampollas de cristal repletas de microorganismos luminosos colgaban de los arcos de piedra, tiñendo el aire de una luz verdosa que disipaba las sombras del camino.
Llegaron finalmente a la gran cúpula central. En el medio de la estancia, una poza profunda de agua pura reflejaba la luz de la noche, que entraba limpia a través de un tragaluz abierto en lo alto del techo de roca. Frente al agua, sobre una plataforma elevada, la cúpula de ancianos aguardaba en silencio.
En el centro del estrado, la matriarca Vega gobernaba la sala desde un trono de madera petrificada. Era una mujer de presencia imponente, con el cabello plateado trenzado con precisión y un rostro surcado por arrugas que acentuaban la severidad de su mirada. A su derecha, el anciano Runa permanecía erguido y silencioso. Una cinta de seda blanca le tapaba los ojos, pero sostenía con firmeza un bastón astronómico cuyos grabados de constelaciones pulsaban suavemente al compás de las corrientes de la poza.
—Has regresado, Seraphina —dijo la Matriarca Vega. Su voz era profunda y vibrante, como el eco de un tambor en un desfiladero. —Y traes contigo al enemigo.
Seraphina avanzó dos pasos, se inclinó con respeto y respondió.
Seraphina dio dos pasos al frente, realizando el ademán ceremonial del clan antes de responder con voz inquebrantable:
—Traigo a Kaelen, matriarca. No es un invasor ni un peón del ejército de la ciudad. Es el único que logró descifrar los mecanismos del templo subterráneo para despertar la primera Llave Estelar.
Una ola de murmullos hostiles recorrió los balcones cavados en la roca. Para Kaelen, acostumbrado a la frialdad distante de los ciudadanos de Ambaria, sentir el desprecio colectivo de los Moradores resultaba abrumador. Decenas de ojos brillaban en la penumbra, juzgando sus ropas mecánicas, sus botas desgastadas y la luz viva que emergía bajo la dermis de su mano izquierda.
Vega clavó la vista en ese fulgor anómalo y en el bulto metálico del astrolabio que Kaelen llevaba cruzado al pecho.
—La tecnología de la ciudad promete progreso, pero sus cimientos se alzan sobre sangre y ceniza —sentenció la matriarca con severidad—. Durante décadas, los Hijos del Sol han saqueado nuestros recursos en el desierto. ¿Por qué deberíamos otorgar nuestra confianza a quien lleva en las manos las cadenas de nuestros opresores?
Kaelen entreabrió los labios para responder, pero el anciano Runa se le adelantó. Alzó su bastón astronómico y asestó un firme golpe sobre la piedra, provocando un eco seco que sofocó de inmediato el malestar de la multitud.
—No juzgues a un hombre solo por su procedencia, Vega —dijo Runa con serenidad—. Kaelen no es un soldado del Sol ni defiende a sus gobernantes. Es una víctima de la ciudad, no su ejecutor.
Runa orientó su cabeza hacia Kaelen. Sin necesidad de vista, la precisión con la que el anciano localizó la fuente de radiación de la reliquia hizo que Kaelen tensara la mandíbula.
—Acércate, joven —pidió Runa.
Kaelen se aproximó al estrado. Runa extendió la mano y puso la palma sobre el pecho del joven. La proximidad del anciano alteró el campo magnético del cristal azul, que soltó una ráfaga de luz cobalto visible a través de la tela de su ropa.
Runa retiró la mano y se volvió hacia el pueblo.
—El núcleo del sol se apaga y la Sombra ya sabe que estamos aquí —dijo Runa con voz seca—. Si no alineamos todas las Llaves Estelares, el planeta morirá. Y con el, nosotros.
Un murmullo tenso volvió a sacudir a los espectadores.
Un murmullo tenso volvió a sacudir a los espectadores.
En ese momento, una figura alta y ancha salió del túnel lateral. Agarraba con fuerza una lanza magnética de combate y vestía una armadura pesada de piel y escamas luminosas. La dureza de su mandíbula y sus ojos fijos en Kaelen no dejaban duda sobre sus intenciones.
Thon, el primer guerrero y comandante de los cazadores, acababa de entrar en la sala.
—¡Miras al cielo y te olvidas de la tierra, Runa! —interrumpió Thon, irrumpiendo en el centro de la sala con pisadas firmes que retumbaron en la piedra—. Dejemos las profecías a un lado. Este tipo lleva el uniforme de las tropas que mataron a nuestro pueblo.
Thon se detuvo a un metro de Kaelen, superándolo en altura. Apoyó el regatón de su lanza cerca de las botas de Kaelen y lo midió con desprecio.
—Es nuestro enemigo —sentenció Thon mirando a la asamblea—. Los patrulleros de la ciudad están peinando la zona. Mantenerlo vivo aquí nos está exponiendo a todos ante el peligro.
—¡Kaelen ya no pertenece a Ambaria! —intervino Seraphina, dando un paso al frente con la mano en la daga de cristal—. Desertó en mitad de la tormenta electromagnética mientras cruzaban el Cañón del Vaho. Para los mandos de la ciudad, su patrulla desapareció y él está enterrado bajo tres metros de arena. Ambaria lo da por muerto; nadie viene a buscarlo.
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Editado: 01.10.2026