El canto de las estrellas

CAPÍTULO 18

La celda de confinamiento de los prisioneros en el santuario de los Moradores de la Luna estaba excavada en la roca volcánica del nivel inferior. El aire olía a moho húmedo, líquenes y al vapor mineral que ascendía por los conductos de drenaje. La puerta era una gruesa losa de basalto que se ajustaba a la pared mediante un contrapeso hidráulico.

Kaelen permanecía sentado en el centro de la estancia. A la pálida luz de una lámpara bioluminiscente, examinaba el antebrazo de su mano izquierda. Las vetas azul cobalto que le recorrían la piel desde su contacto con el altar de los Astrónomos palpitaban suavemente, sincronizadas con el latido de la primera Llave Estelar, que descansaba en la bolsa de cuero a su lado.

Un cosquilleo magnético. Un patrón sordo que no provenía del agua ni de la piedra.

Kaelen acercó los nudillos al suelo de basalto. La luz de sus venas fluctuó bruscamente al rozar el polvo mineral.

Aquello no era el pulso natural de las cavernas ni el rastro de las criaturas del desierto. La reliquia que llevaba en el pecho y la energía de la Llave Estelar reaccionaban ante el hierro y las emisiones electromagnéticas que Ambaria utilizaba para dirigir sus armas. No hacía falta ver el aparato: la piel le ardía porque la tecnología militar de la ciudad estaba interfiriendo con el campo del santuario. Un explorador de la Inquisición, diseñado para pasar inadvertido entre las sombras y esquivar las defensas del oasis, se había colado por las galerías de ventilación.

El sonido del contrapeso hidráulico interrumpió sus pensamientos. La losa de basalto se alzó con un silbido ahogado y dejó ver la figura de Seraphina en el umbral. La joven nómada llevaba una bandeja de arcilla con agua de manantial, pero sus ojos oscuros reflejaban una inquietud contenida.

—La Matriarca Vega sigue reunida con los ancianos —dijo ella, dejando la bandeja sobre una saliente de piedra—. Thon exige que te entreguen a las patrullas del perímetro como cebo para alejar los tanques del agua.

—Thon se equivoca, Seraphina —contestó Kaelen, poniéndose en pie y tomándola con suavidad por la manga de su manto—. Los soldados de la ciudad ya no están esperando fuera. Ya están aquí.

Seraphina lo miró frunciéndome el ceño.

—Las defensas del oasis son impenetrables para la ciudad —dijo ella—. Los pasillos están protegidos.

—Para sus tropas a pie, sí, pero no para un explorador de la Inquisición —explicó Kaelen señalando el brillo que le recorría el brazo—. Esta alteración en mi piel la causa una señal militar. La reliquia detecta la energía que envía el artefacto mientras mapea las galerías y los depósitos de agua.

Seraphina retrocedió un paso, rozando la empuñadura de su daga de cristal.

—Si un explorador de la Inquisición ha entrado en el santuario, sabrán que sobreviviste al desfiladero.

—Saben mucho más que eso —añadió Kaelen, ajustándose las correas de su bolsa—. Si el comandante Víctor ha enviado esa sonda, no viene a mirar. Viene a destruir la fuente con «fuego negro».

Seraphina palideció levemente. Los trazos de pigmento azul en sus pómulos parecieron resaltar sobre su piel.

—¿Fuego negro? —repitió en un susurro—. Las leyendas de los ancianos hablan del aceite de las sombras, un fluido denso que quema la vegetación y envenena las raíces de la tierra.

—Sustancia «Épsilon-9» —precisó Kaelen—. Un compuesto químico que utiliza la Inquisición para esterilizar sectores enteros. Si el explorador lo vierte en el estanque central, el agua potable del oasis quedará envenenada en cuestión de minutos. Moriréis de sed en tres días.

—Debemos avisar a la Matriarca de inmediato —dijo Seraphina, girándose hacia la salida.

—Si entras en la cámara del consejo diciendo que hay una amenaza invisible, Thon dirá que es una mentira mía para que me liberes —la detuvo Kaelen—. No tenemos tiempo para discutir. Debemos seguir la interferencia y destruirlo antes de que alcance el canal primario.

Seraphina vaciló un segundo. Miró la postura decidida del ingeniero, la firmeza de sus manos y el destello azogado de la Llave Estelar en su bolsa.

—Sígueme —dijo ella—, conozco los conductos de servicio por donde circula el flujo de aire caliente.

Ambos se deslizaron fuera de la celda aprovechando la penumbra de los pasillos secundarios. A medida que avanzaban hacia los niveles superiores, Kaelen usaba el ardor de su mano como una brújula: cuanto más intensa se volvía la vibración en sus venas, más cerca estaban de la fuente del pulso militar.

Al llegar a la galería que bordeaba la bóveda de la poza central, vieron que una pequeña esfera de titanio negro flotaba en silencio a escasos metros del agua, desplegando un inyector alineado directamente con el manantial primario.

El explorador de la Inquisición estaba a punto de liberar la primera cápsula de fuego negro.

—Ahí está —susurró Kaelen, conteniendo la respiración detrás de una columna de basalto.

—No puedo alcanzarlo con la daga sin que me detecte y lance la carga —murmuró Seraphina.

Kaelen extrajo el astrolabio de latón de su bolsa. Sus dedos ajustaron la posición del artefacto.

—No necesitamos tocarlo —dijo Kaelen—, basta con distorsionar la señal que lo sostiene. Si uso el astrolabio para canalizar la energía de la Llave Estelar directamente contra él, la fuerza del cristal inutilizará sus componentes.




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