El canto de las estrellas

CAPÍTULO 19

El eco de los cánticos de la asamblea resonaba en las paredes de roca volcánica de la Gran Plaza del Oasis, un anfiteatro natural excavado en el corazón del santuario subterráneo. Arriba, a través de la abertura de la bóveda, la luna plateada proyectaba un haz de luz sobre el círculo central, iluminando la arena de cuarzo del suelo.

Cientos de Moradores de la Luna abarrotaban las gradas esculpidas en la piedra. Se respiraba un silencio tenso, dominado por la desconfianza hacia el hombre de Ambaria. En la orilla del círculo, sobre la roca aun caliente, quedaba la marca corrosiva del aceite liberado por el explorador de la Inquisición, un recordatorio directo de la amenaza de la ciudad.

En el estrado superior, la Matriarca Vega permanecía erguida con su cetro de madera petrificada. A su lado, el anciano Runa mantenía la venda sobre sus ojos ciegos, escuchando el murmullo de la multitud.

Kaelen permanecía de pie en el centro del haz de luz, custodiado por cuatro guerreros armados con lanzas magnéticas. A pesar de los destrozos en su uniforme táctico y de las quemaduras en sus brazos, el ingeniero mantenía la postura erguida. A su costado, la bolsa de cuero resguardaba el astrolabio de su padre y la primera Llave Estelar, que emitía una calidez sorda contra sus costillas.

Thon avanzó hacia el centro a pasos firmes, alzando su lanza para acallar a la multitud.

—¡Pueblo de la Luna! —proclamó el líder de los cazadores—. El fuego negro de la ciudad ha tocado nuestro santuario. Este extranjero afirma que nos salvó, pero su presencia es lo que ha traído la amenaza hasta nuestras puertas. La ley del clan no permite excepciones: el enemigo que pisa la fuente debe ser ejecutado. ¡Exijo el veredicto de la arena! ¡Exijo su sangre!

La Matriarca Vega alzó la mano derecha y el murmullo de las gradas se apagó al instante.

—Kaelen de Ambaria —dijo la matriarca con tono firme—. Has evitado que el fuego negro destruya el manantial, pero tu presencia ha terminado de romper la seguridad de este oasis. Vistes el uniforme de la Inquisición, ¿qué tienes que decir antes de que decidamos qué hacer contigo?

Kaelen dio un paso al frente; la arena de cuarzo crujió bajo sus botas.

—No he venido a luchar —dijo Kaelen, sosteniendo la mirada del estrado—. Ambaria se está quedando sin energía. Su reactor está consumiendo el campo magnético del planeta y la temperatura en la superficie sigue cayendo. Si no combinamos la tecnología de los registros con los datos que guardáis en este santuario, ni vuestros depósitos de agua ni este refugio resistirán el colapso.

—¡Excusas de un prisionero! —interrumpió Thon con desprecio—. Hablas para salvar la cabeza.

—¡Habla con la verdad! —resonó una voz firme desde el pasillo.

Seraphina irrumpió en el centro del haz de luz, abriéndose paso entre los guardias. Llevaba la túnica ceremonial de los exploradores y la luz de su piel reaccionaba con fuerza a la proximidad de la cúpula.

La Matriarca Vega frunció el ceño con severidad.

—Seraphina, no tienes permitido intervenir en este juicio —advirtió la matriarca.

—Mi lugar está donde la visión del firmamento exige que esté, Matriarca —replicó Seraphina, colocándose al lado de Kaelen—. Esa noche, mientras la primera Llave Estelar reaccionaba al agua del oasis, las sombras del templo me mostraron una nueva visión.

Un silencio pesado cayó sobre las gradas. El anciano Runa alzó levemente el rostro, orientado hacia la joven.

—Habla, Seraphina —ordenó Vega—. ¿Qué han mostrado los datos?

—El camino hacia el Mar de Dunas Muertas —anunció Seraphina con voz clara—. El colapso del núcleo estelar se está acelerando y la temperatura en la superficie va a caer a niveles críticos. La Segunda Llave Estelar está localizada en las ruinas del Templo de la Luna, sepultada bajo las capas de sal. Pero los archivos son categóricos: si intentamos acceder a la instalación solo con nuestros conocimientos o únicamente con la tecnología de Ambaria, los sistemas de seguridad colapsarán y el fuego negro destruirá la entrada.

Seraphina se volvió y sostuvo la mirada de Thon.

—Thon pide una ejecución para calmar los ánimos del clan —continuó ella—, pero matar a Kaelen no detendrá los tanques de Víctor ni evitará que nos congelemos. Kaelen no es un enemigo; es la única persona presente que sabe descifrar los algoritmos que los Astrónomos diseñaron para operar las Llaves.

—¡Ha sido manipulada por el prisionero! —gritó Thon, apuntando su lanza hacia el estrado—. ¡Invoco mi derecho como primer guerrero para rechazar su argumento!

—Entonces invoco una ley anterior a tu cargo, Thon —respondió Seraphina con absoluta serenidad.

Se giró hacia Kaelen, tomó su mano izquierda —donde las vetas azules reaccionaban bajo la piel— y alzó sus manos unidas hacia el haz de luz de la cúpula.

—Invoco la Ley del Compromiso Unilateral —proclamó Seraphina con voz firme—. Por las ordenanzas del clan, vinculo mi posición, mi estatus y mi vida a las acciones de Kaelen de Ambaria. Si él comete traición, asumiré su castigo. Si él cae en la travesía, yo responderé por el fracaso.

Un murmullo de asombro recorrió las gradas. Thon dio un paso atrás, con la mandíbula apretada. La apelación al Compromiso Unilateral era una norma legal e irrevocable; al asumir la responsabilidad directa sobre Kaelen, Seraphina impedía su ejecución inmediata y obligaba al Consejo a permitir la misión.




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