El CapÍtulo Que Falta

CAPITULO 1

Si alguien me preguntara cuándo comenzó esta historia, no sabría responder con una fecha exacta.

No recuerdo el día completo. No recuerdo cada conversación ni cada detalle. Pero sí recuerdo una fotografía.

Una fotografía que estuvo guardada durante años entre álbumes familiares, sin que ninguno de los dos imaginara lo que terminaría significando.

En ella estamos los dos.

Yo tenía cinco años.

Él tenía nueve.

Y aunque en ese momento éramos solamente dos niños en una fiesta familiar, ahora sé que ese fue el comienzo de todo.

Todo empezó en Venezuela.

Habíamos viajado por el bautizo de mi sobrino. Un sobrino que compartíamos de una manera extraña y difícil de explicar para cualquiera que escuchara nuestra historia por primera vez.

Recuerdo el calor.

Recuerdo la música sonando en alguna parte de la casa.

Recuerdo a los adultos hablando, riéndose y saludando familiares que llevaban años sin verse.

Y recuerdo estar aburrida.

Porque cuando tienes cinco años un bautizo no significa nada.

Solo quieres correr.

Jugar.

Comer dulces.

Y hacer cualquier cosa menos quedarte quieta.

Recuerdo caminar entre las mesas mientras observaba todo a mi alrededor. Los adultos parecían estar pasando el mejor momento de sus vidas, pero para mí todos hablaban demasiado.

Se saludaban.

Se abrazaban.

Contaban historias.

Y yo no entendía nada.

Solo quería que alguien me dejara correr sin preguntarme dónde estaba o qué estaba haciendo.

Mi mamá me llamaba cada cierto tiempo.

—No te alejes mucho.

—No me voy a perder.

—Eso dices siempre.

—Porque nunca me pierdo.

Ella sonreía y volvía a hablar con los demás.

Y yo aprovechaba para escapar otra vez.

Mientras los adultos hablaban, yo corría por toda la casa.

Hasta que terminé chocando con alguien.

—Mira por dónde vas.

Levanté la cabeza inmediatamente.

Era un niño.

Más alto que yo.

Con esa expresión que tienen los niños mayores cuando creen que saben más que todos.

—Tú mira por dónde vas —respondí.

—Yo estaba quieto.

—Pues yo no.

—Ya me di cuenta.

Recuerdo haber cruzado los brazos.

—No fue mi culpa.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Bueno.

—Bueno qué.

—Que eres muy terca.

Lo miré ofendida.

—Y tú eres muy fastidioso.

Él soltó una risa.

Y yo me fui.

Porque a los cinco años una discusión de treinta segundos ya parece suficiente.

Seguí caminando por la fiesta como si nada hubiera pasado.

Aunque varias veces volví a verlo.

A veces estaba jugando con otros niños.

A veces estaba corriendo.

A veces estaba simplemente sentado observando todo.

Parecía conocer a más personas que yo.

Y eso me daba la impresión de que era mucho más grande de lo que realmente era.

A esa edad cuatro años parecen una eternidad.

Yo todavía era una niña pequeña.

Él parecía alguien que ya entendía cómo funcionaba el mundo.

Ahora sé que seguramente no era así.

Pero así lo veía yo.

En algún momento de la tarde terminamos coincidiendo otra vez.

Había una mesa llena de dulces.

Y yo estaba intentando alcanzar uno que estaba demasiado lejos.

—No llegas.

Giré la cabeza.

Era él otra vez.

—Sí llego.

—No llegas.

—Que sí.

—Que no.

Intenté alcanzarlo una vez más.

No llegué.

Él tomó el dulce y me lo extendió.

—Ten.

Lo agarré rápidamente.

—Gracias.

—De nada.

—Igual sigues siendo fastidioso.

—Y tú sigues siendo terca.

Los dos nos reímos.

Creo que esa fue la primera vez que nos llevamos bien.

Aunque fuera solo por unos segundos.

Durante el resto de la fiesta lo veía de vez en cuando.

A veces estaba jugando con otros niños.

A veces estaba hablando con alguien.

Y otras simplemente aparecía por algún lugar de la casa.

Creo que ni siquiera intercambiamos muchas palabras ese día.

Pero recuerdo haber pensado que parecía estar en todas partes.

Cada vez que levantaba la mirada terminaba encontrándolo.

Sin saberlo, esa sensación me acompañaría durante muchos años.

Porque cuando pienso en él, pienso precisamente en eso.

En alguien que de alguna manera siempre terminaba apareciendo.

Más tarde llegó el momento de las fotografías.

Algo que todos los niños odiamos.

Los adultos comenzaron a llamar a todo el mundo.

—Vengan para la foto.

—Más cerca.

—No se muevan.

—Sonrían.

Nos acomodaron en distintos lugares mientras el fotógrafo intentaba que nadie se moviera.

Una misión imposible.

Recuerdo haber suspirado.

—¿Ya casi terminan? —pregunté.

—Eso espero —escuché decir a mi lado.

Era él otra vez.

—No me gustan las fotos.

—A mí tampoco.

—Mi mamá siempre me obliga.

—La mía también.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

—Cuando cuenten tres sonríe.

—¿Por qué?

—Porque si no después vuelven a tomar otra.

Eso tenía sentido.

Mucho sentido.

Así que obedecí.

Uno.

Dos.

Tres.

Click.

Y ahí quedó.

La fotografía.

La misma fotografía que años después miraría una y otra vez intentando encontrar respuestas.

La misma fotografía donde aparece el comienzo de una historia que todavía no conocía.

Durante años esa foto no significó nada para mí.

Era una fotografía más.

Una entre cientos.

Guardada en un álbum familiar.

Nada especial.

Nada diferente.

Ni siquiera recuerdo haber vuelto a verla durante mucho tiempo.

Pero los años tienen una manera extraña de cambiar el significado de las cosas.

Lo que un día parece insignificante termina convirtiéndose en algo invaluable.




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