Entre encuentros y despedidas
Después de aquel bautizo en Venezuela, nuestras vidas siguieron caminos distintos.
Yo regresé a mi ciudad.
Él regresó a la suya.
Y durante mucho tiempo no pensé demasiado en aquel niño de la fotografía.
Porque así funcionan los recuerdos cuando eres pequeño.
Aparecen.
Desaparecen.
Y vuelven cuando menos lo esperas.
Sin embargo, Kairos tenía una costumbre muy particular.
Siempre volvía.
Él vivía con su papá, pero su mamá seguía viviendo cerca de mi familia, así que varias veces al año venía a visitarla.
Y casi siempre terminábamos coincidiendo.
A veces era en reuniones familiares.
A veces en cumpleaños.
A veces simplemente porque sí.
Y poco a poco empecé a acostumbrarme a verlo.
No era algo que esperara.
No contaba los días para que llegara.
Simplemente aparecía.
Y ya.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Recuerdo que cuando venía pasábamos mucho tiempo viendo películas.
Era una de las cosas que más hacíamos.
Nos sentábamos frente al televisor y podíamos pasar horas enteras viendo una película tras otra.
La mayoría de las veces él elegía.
Y casi siempre elegía películas de miedo.
Cosa que jamás tuvo sentido para mí.
Porque a mí me daban muchísimo miedo.
—¿Seguro que quieres ver esa? —preguntaba.
—Sí.
—Pero da miedo.
—Esa es la idea.
—No me gustan las películas de miedo.
—Entonces no las mires.
—Qué inteligente.
—Lo sé.
Yo rodaba los ojos.
Él se reía.
Y terminábamos viendo la película de todas formas.
Recuerdo especialmente una.
El Infierno Verde.
Hasta el día de hoy no sé por qué acepté verla.
Desde los primeros minutos ya estaba arrepentida.
Intentaba convencerme de que no daba tanto miedo.
Que podía verla completa.
Que no iba a pasar nada.
Cinco minutos después ya tenía las manos sobre los ojos.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Te tapaste los ojos.
—No.
—Sí.
—No.
—Dani.
—Bueno, sí.
Escuchaba cómo se reía.
—Puedes mirar.
—No quiero.
—No está pasando nada.
—Eso es exactamente lo que diría alguien cuando sí está pasando algo.
—Eres exagerada.
—Y tú eres cruel.
Él volvía a reír.
Y yo seguía viendo la película a través de los espacios entre mis dedos.
Porque tenía miedo.
Pero también curiosidad.
Y así era siempre.
Él insistía.
Yo me quejaba.
Y al final terminábamos haciendo las cosas de todas formas.
Había veces en las que ni siquiera prestábamos atención a la película.
La poníamos y terminábamos hablando de cualquier otra cosa.
Bueno, él hablaba.
Yo casi siempre escuchaba.
Kairos siempre tenía algo que contar.
Una historia.
Un dato extraño.
O alguna curiosidad que parecía haberse aprendido solo para sorprender a alguien.
—¿Sabías que los tiburones son más antiguos que los dinosaurios?
—Mentira.
—Es verdad.
—Te lo inventaste.
—No me lo inventé.
—Sí te lo inventaste.
—Búscalo.
—Ni siquiera sé cómo buscar eso.
—Porque tengo razón.
Y aunque no quisiera admitirlo, muchas veces terminaba creyéndole.
No porque estuviera convencida.
Sino porque discutía las cosas con una seguridad impresionante.
También recuerdo que me encantaba molestarlo.
Sobre todo cuando se trataba de dinosaurios.
Porque si había algo que le gustaba más que las películas, eran los dinosaurios.
Le fascinaban.
Tenía figuras.
Libros.
Películas.
Juguetes.
Y una cantidad absurda de información sobre ellos.
—Tus dinosaurios son feos.
—No son feos.
—Sí son.
—No.
—Parecen gallinas gigantes.
—Nunca vuelvas a decir eso.
—Gallinas gigantes.
—Dani.
—Gallinas gigantes.
—Te voy a sacar de aquí.
Yo me reía porque sabía que no lo haría.
Su cuarto estaba lleno de dinosaurios.
Había dinosaurios en las repisas.
Dinosaurios encima de los muebles.
Dinosaurios en cajas.
Dinosaurios por todas partes.
—¿Cuántos tienes?
—No sé.
—¿Más de cien?
—Tal vez.
—Eso da miedo.
—No da miedo.
—Sí da miedo.
—Lo que da miedo es que no sepas distinguir un T-Rex de un velociraptor.
—Para mí todos son dinosaurios.
La expresión de decepción que hacía cada vez que decía eso era tan graciosa que seguía repitiéndolo.
Solo para verlo reaccionar.
Y aunque en ese momento parecían tonterías, ahora entiendo que muchas de nuestras primeras memorias están hechas precisamente de eso.
De cosas pequeñas.
De conversaciones absurdas.
De bromas repetidas.
De momentos que parecen insignificantes mientras suceden.
Pero que terminan quedándose para siempre.
Los años siguieron pasando.
Y las visitas continuaron.
Dos veces al año.
A veces más.
A veces menos.
Pero siempre terminábamos encontrándonos.
Y cuando lo pienso ahora, creo que esa fue la razón por la que nunca me di cuenta de lo importante que se estaba volviendo.
Porque las cosas que ocurren poco a poco suelen pasar desapercibidas.
No notas cuándo una persona empieza a ocupar espacio en tu vida.
No notas cuándo se convierte en parte de tu rutina.
No notas cuándo empiezas a esperar verla.
Simplemente sucede.
Y cuando finalmente lo entiendes, ya es demasiado tarde para recordar cuándo empezó.
Kairos llegaba.
Pasábamos tiempo juntos.
Veíamos películas.
Discutíamos por dinosaurios.
Nos reíamos por cualquier tontería.
Y después se iba.
Hasta la próxima visita.
Y así una y otra vez.
Sin darme cuenta de que cada encuentro estaba ocupando un lugar dentro de mí.
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Editado: 15.06.2026