El CapÍtulo Que Falta

CAPITULO 3

Hay personas que llegan a tu vida de golpe.
Y hay otras que llegan tan despacio que cuando te das cuenta ya forman parte de tus días.
Creo que con Kairos pasó eso.
Durante años había sido el niño que aparecía en algunas reuniones familiares. El de los dinosaurios. El de las películas de miedo. El que veía de vez en cuando y después desaparecía durante meses.
Pero crecimos.
Y crecer significa que las cosas cambian.
Él ya estaba más grande. Tenía sus estudios, sus responsabilidades y una vida en otra ciudad junto a su papá. Cada vez venía menos y nuestras reuniones dejaron de ser tan frecuentes como antes.
Yo también estaba creciendo.
Y fue justamente en esa época cuando pasó algo que parecía insignificante, pero que terminaría cambiando muchas cosas.
Mi hermano me regaló un celular.
No era nuevo.
Había sido suyo.
Pero para mí era como tener un tesoro.
Recuerdo que pasé horas revisándolo todo. Las aplicaciones, las fotos, los contactos. Y fue ahí cuando encontré su número.
Kairos.
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.
No sé exactamente qué me llevó a hacerlo.
Tal vez curiosidad.
Tal vez aburrimiento.
O tal vez el destino.
Pero terminé escribiéndole.
Pasé varios minutos pensando qué decir.
Escribía una cosa y la borraba.
Escribía otra y también la borraba.
Hasta que finalmente envié un mensaje.
Un simple saludo.
Nada importante.
Nada especial.
Y sin saberlo, ese mensaje terminaría convirtiéndose en el comienzo de una de las amistades más importantes de mi vida.
No tardó mucho en responder.
Y después de ese día seguimos hablando.
Al día siguiente.
Y al otro.
Y al otro también.
Al principio eran conversaciones simples.
Las típicas preguntas que haces cuando quieres conocer a alguien.
Kairos: ¿Cuál es tu color favorito?
Yo: Azul.
Kairos: El mío es morado.
Yo: Qué raro.
Kairos: No es raro.
Yo: Sí es raro.
Kairos: No.
Yo: Sí.
Kairos: Bueno, está bien.
Yo: Sabía que terminarías dándome la razón.
Con el tiempo las conversaciones fueron creciendo.
Descubrí que le encantaba la pasta.
Que podía pasar horas hablando sobre dinosaurios.
Que amaba el anime.
Que siempre tenía alguna teoría extraña sobre cualquier cosa.
Y que era imposible que una conversación con él fuera aburrida.
Él también empezó a conocerme.
Mis gustos.
Mis miedos.
Las cosas que me hacían feliz.
Las cosas que me hacían llorar.
Las cosas que jamás le había contado a nadie.
Y poco a poco ocurrió algo que nunca había esperado.
Empecé a confiar en él.
Porque la verdad es que yo nunca había tenido muchos amigos.
Siempre fui una persona bastante reservada.
No era de esas niñas que tenían grupos enormes de amigos o que siempre estaban rodeadas de gente.
La mayoría del tiempo estaba sola.
Y aunque aprendí a acostumbrarme a eso, también había momentos en los que deseaba tener alguien con quien hablar.
Alguien que realmente escuchara.
Y sin darme cuenta, Kairos empezó a convertirse en esa persona.
Los mensajes comenzaron a formar parte de mi rutina.
Me despertaba y revisaba si me había escrito.
Llegaba del colegio y hablábamos.
Antes de dormir seguíamos escribiéndonos.
Y al día siguiente hacíamos exactamente lo mismo.
Había días en los que hablábamos durante horas.
Horas enteras.
A veces sobre cosas importantes.
A veces sobre cosas completamente absurdas.
Yo: Estoy aburrida.
Kairos: Yo también.
Yo: Entonces entreténme.
Kairos: ¿Por qué yo?
Yo: Porque tú empezaste.
Kairos: Eso no tiene sentido.
Yo: Claro que tiene sentido.
Kairos: No.
Yo: Sí.
Kairos: Dani.
Yo: Kairos.
Y así podíamos pasar varios minutos.
Discutiendo por absolutamente nada.
Solo porque nos divertía.
Lo curioso es que muchas veces ni siquiera importaba el tema de conversación.
Podíamos hablar de dinosaurios.
De una tarea.
De una película.
De una comida.
Del clima.
De cualquier cosa.
Lo importante era seguir hablando.
Porque poco a poco nos habíamos convertido en parte de la rutina del otro.
A veces me enviaba fotografías de lo que estaba haciendo.
O me contaba sobre algún anime que estaba viendo.
Yo no entendía la mitad de lo que me explicaba.
Pero igual lo escuchaba.
Bueno, lo leía.
Porque me gustaba verlo emocionarse cuando hablaba de algo que le gustaba.
Y él hacía lo mismo conmigo.
Me escuchaba cuando tenía un mal día.
Cuando estaba triste.
Cuando estaba feliz.
Cuando quería contarle algo que me había pasado.
Nunca sentí que estuviera obligado a hacerlo.
Simplemente estaba ahí.
Y yo también intentaba estar para él.
Poco a poco dejamos de hablar solo de gustos o pasatiempos.
Empezamos a hablar de nuestras vidas.
De nuestros problemas.
De nuestras inseguridades.
De nuestros sueños.
Y algo muy extraño comenzó a pasar.
Sentía que lo conocía cada vez más.
A pesar de que estaba a kilómetros de distancia.
A pesar de que no podía verlo todos los días.
A pesar de que nuestras conversaciones ocurrían detrás de una pantalla.
Porque hay personas que están físicamente cerca y aun así parecen desconocidos.
Y hay personas que están lejos pero terminan conociendo partes de ti que nadie más conoce.
Kairos se convirtió en una de esas personas.
Y aunque en ese momento ninguno de los dos lo sabía, estábamos construyendo algo importante.
No una historia de amor.
Todavía no.
Estábamos construyendo una amistad.
Una amistad hecha de mensajes.
De confianza.
De conversaciones interminables.
De secretos.
De risas.
Y de una conexión que crecía cada día sin que nos diéramos cuenta.
Mirando hacia atrás, creo que fue ahí donde todo empezó realmente.
No en el bautizo.
No en las reuniones familiares.
No en las películas de miedo.
Sino en aquella pantalla.
En aquellos mensajes que parecían insignificantes.
En aquel "hola" que envié sin imaginar todo lo que vendría después.
Porque sin que ninguno de los dos lo supiera, dos ciudades distintas ya no eran suficientes para mantenernos separados.
Y por primera vez, la distancia dejó de sentirse como distancia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.