Hay cosas que cambian tan despacio que resulta imposible identificar el momento exacto en el que ocurrieron.
Creo que eso fue lo que pasó conmigo.
Porque si alguien me hubiera preguntado en ese momento si Kairos me gustaba, probablemente habría respondido que no.
Y lo habría dicho convencida.
Después de todo, él era mi amigo.
Mi mejor amigo.
La persona con la que hablaba todos los días.
La persona que conocía mis historias más vergonzosas.
La persona que sabía cuándo estaba triste incluso cuando yo decía que estaba bien.
No parecía algo extraño.
No parecía algo diferente.
Pero mirando hacia atrás, creo que las señales siempre estuvieron ahí.
Solo que yo no quería verlas.
O tal vez simplemente no sabía cómo hacerlo.
Para entonces hablar con Kairos ya se había convertido en parte de mi rutina.
Era algo tan normal que ni siquiera me detenía a pensarlo.
Me despertaba y revisaba el celular.
No porque tuviera mensajes importantes.
No porque estuviera esperando algo urgente.
Sino porque quería saber si él me había escrito.
Y cuando veía una notificación suya, sonreía.
Sin razón.
O al menos eso me decía a mí misma.
A veces nuestras conversaciones comenzaban desde temprano.
Kairos: Buenos días.
Yo: Buenos.
Kairos: Qué entusiasmo.
Yo: Es que sigo dormida.
Kairos: Entonces vuelve a dormir.
Yo: No puedo.
Kairos: ¿Por qué?
Yo: Porque me escribiste.
Kairos: Qué excusa tan mala.
Yo: Lo sé.
Y así empezaba otro día.
Uno más entre cientos de conversaciones que terminaron llenando meses enteros de mi vida.
Lo curioso es que no importaba demasiado de qué habláramos.
Siempre encontraba una razón para responder.
Siempre encontraba una razón para quedarme.
Incluso cuando tenía tareas.
Incluso cuando estaba cansada.
Incluso cuando no tenía nada interesante que decir.
Porque de alguna manera hablar con él hacía que cualquier momento fuera un poco mejor.
Y poco a poco empecé a notar cosas extrañas.
Pequeñas cosas.
Cosas que en ese momento intenté ignorar.
Por ejemplo, me gustaba demasiado cuando me decía algo bonito.
Más de lo que debería.
Kairos: Te quedó bonita la foto.
Yo: Gracias.
Kairos: Te ves feliz.
Yo: ¿Y eso es bueno o malo?
Kairos: Bueno.
Yo: Menos mal.
Kairos: Aunque siempre te ves bonita.
Recuerdo haber leído ese mensaje más de una vez.
Y después otra.
Y otra.
Como si las palabras fueran a cambiar.
Como si necesitara asegurarme de que realmente las había escrito.
Y lo peor era que sonreía.
Sonreía como una tonta mirando una pantalla.
Una pantalla.
Ni siquiera era una conversación cara a cara.
Pero aun así sentía algo extraño dentro de mí.
Algo que todavía no sabía nombrar.
También estaban los celos.
Aunque tardé mucho tiempo en reconocerlos.
Porque nadie quiere admitir que siente celos de alguien que supuestamente solo es su amigo.
Una tarde estábamos hablando cuando mencionó a una niña de su ciudad.
Nada importante.
Al menos no debería haberlo sido.
Kairos: Hoy estuve hablando con una amiga.
Yo: Ah sí.
Kairos: Es divertida.
Yo: Qué bien.
Kairos: Me hizo reír bastante.
Yo: Qué bueno.
Kairos: ¿Te pasa algo?
Yo: No.
Kairos: Segura.
Yo: Sí.
Kairos: Estás respondiendo raro.
Yo: No estoy respondiendo raro.
Kairos: Sí estás respondiendo raro.
Yo: Bueno, un poquito.
Kairos: ¿Y por qué?
Yo: No sé.
Y era verdad.
No lo sabía.
O al menos no quería aceptarlo.
Porque me molestaba imaginar que otra persona pudiera ocupar el lugar que yo tenía en su vida.
Me molestaba que hablara tanto de alguien más.
Me molestaba no ser yo quien lo hacía reír.
Y en ese momento todavía creía que aquello era algo normal.
Que era una reacción lógica entre amigos.
Ahora sé que no lo era.
Pero en aquel entonces todavía estaba intentando engañarme.
También empecé a preocuparme demasiado por él.
Muchísimo más de lo que me preocupaba por otras personas.
Una noche me escribió más serio de lo habitual.
Kairos: Hoy fue un día horrible.
Yo: ¿Qué pasó?
Kairos: Nada.
Yo: Kairos.
Kairos: En serio.
Yo: Te conozco.
Kairos: No pasó nada.
Yo: Mentiroso.
Pasaron varios minutos.
Después llegó otro mensaje.
Kairos: Discutí con alguien.
Yo: ¿Estás bien?
Kairos: Sí.
Yo: ¿Seguro?
Kairos: Sí.
Yo: No te creo.
Kairos: Estoy bien, Dani.
Pero yo sabía que no estaba bien.
Y durante el resto de la noche seguí preguntándole cómo se sentía.
Intentando hacerlo reír.
Intentando distraerlo.
Intentando que olvidara lo que fuera que le estaba doliendo.
Porque cuando él estaba mal, yo también me sentía mal.
Y cuando él estaba feliz, yo me sentía feliz.
Era como si sus emociones comenzaran a afectar las mías.
Como si una parte de mí dependiera de saber que estaba bien.
Y eso tampoco era normal.
Pero otra vez decidí no pensarlo demasiado.
Era más fácil fingir que todo seguía siendo una amistad común.
Aunque cada día hubiera más pruebas de lo contrario.
La realidad era que Kairos se había convertido en alguien importante para mí.
Más importante de lo que estaba dispuesta a admitir.
Sus mensajes alegraban mis días.
Sus problemas me preocupaban.
Sus cumplidos aceleraban mi corazón.
Y cuando desaparecía durante algunas horas, terminaba revisando el celular más veces de las necesarias.
Esperando.
Solo esperando.
Porque aunque todavía no lo sabía, algo estaba cambiando.
#3249 en Novela romántica
#1037 en Chick lit
#948 en Otros
#142 en Relatos cortos
Editado: 15.06.2026