El CapÍtulo Que Falta

CAPITULO 5

Creo que todos tenemos un momento exacto en el que dejamos de mentirnos.

Un instante pequeño.

Casi insignificante.

Pero suficiente para derrumbar todas las excusas que llevábamos construyendo durante meses.

Para mí, ese momento llegó una noche cualquiera.

Una conversación cualquiera.

Un mensaje cualquiera.

O al menos eso parecía.

Porque hasta entonces yo seguía convencida de que lo que sentía por Kairos era simplemente cariño.

Un cariño muy fuerte.

Muy especial.

Pero amistad al fin y al cabo.

Eso era lo que me repetía.

Lo que intentaba creer.

Hasta que apareció ella.

La primera vez que me habló de aquella chica no le di demasiada importancia.

Era normal.

Todos conocemos personas.

Todos tenemos amistades.

Todos hablamos de gente que forma parte de nuestra vida.

No tenía por qué significar nada.

O eso pensé.

Hasta que empezó a mencionarla cada vez más.

Kairos: Hoy hablé con ella.

Yo: ¿Y cómo te fue?

Kairos: Bien.

Yo: Qué bueno.

Kairos: Me hizo reír mucho.

Yo: Me alegro.

Y ahí terminaba la conversación.

O al menos eso intentaba.

Porque por dentro algo me molestaba.

Algo que no entendía.

Algo que no quería entender.

Y cada vez que volvía a mencionarla, esa sensación regresaba.

Más fuerte.

Más incómoda.

Más difícil de ignorar.

Con el tiempo dejó de ser solamente una chica de la que hablaba.

Se convirtió en la chica.

La chica que aparecía en nuestras conversaciones.

La chica que ocupaba sus pensamientos.

La chica que conseguía que sonriera cuando hablaba de ella.

Y yo odiaba eso.

Aunque me sintiera horrible por admitirlo.

Una tarde me escribió mientras yo hacía una tarea.

Kairos: Creo que me gusta.

Recuerdo que me quedé mirando la pantalla durante varios segundos.

Solo leyendo esas cuatro palabras.

Creo que me gusta.

Era una frase simple.

Nada extraordinario.

Pero sentí algo extraño en el pecho.

Como si algo se hubiera hundido dentro de mí.

Como si una parte de mí hubiera entendido algo antes que mi propia cabeza.

Yo: Ah.

Kairos: ¿Ah?

Yo: Sí.

Kairos: Gran consejo.

Yo: Perdón.

Kairos: ¿Tan malo es?

Yo: No.

Kairos: Entonces.

Yo: Cuéntame.

Y me contó.

Me contó todo.

Cómo la había conocido.

Las cosas que le gustaban de ella.

Las conversaciones que tenían.

Los momentos que compartían.

Los problemas que estaban teniendo.

Las razones por las que no podían avanzar.

Y yo escuché.

Bueno.

Leí.

Leí cada palabra.

Cada mensaje.

Cada emoción.

Cada ilusión.

Mientras intentaba ignorar el nudo que tenía en la garganta.

Porque había algo que empezaba a ser imposible de negar.

Me dolía.

Y una amistad no debería doler de esa manera.

Cuando un amigo te cuenta que le gusta alguien, te alegras por él.

Cuando un amigo te cuenta que está enamorado, lo apoyas.

Cuando un amigo sueña con estar junto a otra persona, no sientes que te están arrancando algo.

Pero yo sí lo sentía.

Y por primera vez empecé a preguntarme por qué.

Kairos hablaba de ella con una ilusión que yo nunca le había visto.

Kairos: Es muy bonita.

Kairos: Es inteligente.

Kairos: Cuando hablo con ella se me pasa el tiempo volando.

Kairos: No sé qué tiene.

Kairos: Pero me gusta mucho.

Y cada una de esas palabras se quedaba conmigo más tiempo del que debería.

Porque mientras él me describía todo lo que sentía por ella...

Yo empezaba a darme cuenta de lo que sentía por él.

Y fue horrible.

Porque no hubo una gran revelación.

No hubo música.

No hubo un momento mágico.

Solo hubo dolor.

El dolor de entender algo que había estado frente a mí todo el tiempo.

Me gustaba Kairos.

Me gustaba de verdad.

Y me había dado cuenta demasiado tarde.

O tal vez justo a tiempo para sufrirlo.

Lo peor es que nunca pensé en decirle nada.

Ni siquiera lo consideré.

Porque él estaba enamorado de otra persona.

Y yo quería verlo feliz.

Aunque esa felicidad no me incluyera.

Así que seguí haciendo lo único que sabía hacer.

Quedarme.

Escucharlo.

Aconsejarlo.

Kairos: ¿Tú qué harías?

Yo: ¿Sobre qué?

Kairos: Sobre ella.

Yo: Si te gusta tanto, deberías intentarlo.

Kairos: ¿En serio?

Yo: Claro.

Kairos: ¿Y si sale mal?

Yo: Al menos sabrás que lo intentaste.

Kairos: A veces siento que no va a funcionar.

Yo: No puedes rendirte tan rápido.

Kairos: Hablas como si fueras experta.

Yo: No lo soy.

Kairos: Entonces ¿por qué suenas tan segura?

Yo: Porque algunas cosas valen la pena.

Recuerdo haber enviado ese mensaje y haber sentido ganas de llorar.

Porque estaba ayudándolo a acercarse a alguien más.

Porque estaba empujándolo en una dirección donde yo no existía.

Porque estaba actuando exactamente como una amiga.

Aunque mi corazón quisiera ser algo más.

Pero nunca se lo dije.

Nunca le conté lo mucho que me dolía escuchar hablar de ella.

Nunca le conté que cada vez que mencionaba su nombre sentía celos.

Nunca le conté que me preguntaba si ella sabía la suerte que tenía.

Nunca le conté que había noches en las que me quedaba pensando en todo eso.

Y tal vez fue mejor así.

Porque en aquel momento él necesitaba una amiga.

No una confesión.

No un problema más.

Solo una amiga.

Y yo estaba dispuesta a serlo.

Aunque me rompiera un poco en el proceso.

Mirando hacia atrás, creo que esa fue la primera vez que entendí que amar a alguien no siempre significa tenerlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.