La montaña se veía envuelta entre nubes espesas, como si la misteriosa Tierra me estuviera ocultando mi destino. Lentamente, contando cada paso hacia aquella cúspide, sintiendo cada respiración mientras sutiles recuerdos pasaban por mi mente. Hasta que por fin lo pude ver… mi castillo.
Ahí estaba, mi rostro empapado de sudor, mis piernas temblorosas pero firmes, acostumbradas a subir grandes colinas, me encontraba parada de frente ante aquel guardián de piedra, aquel lugar que llamaba “Hogar”. El castillo parecía tener vida propia, orgullosos y oscuro, parecía respirar con cada ráfaga de viento.
Me acerque a las imponentes puertas de hierro de mi castillo, pero a diferencia de otros días, estas puertas estaban más frágiles que de costumbre. Empujé las puertas y un sonido sepulcral me recibió, mis oídos oyeron una vibración muy baja y mi cuerpo se heló. El suelo, estaba cubierto por cuerpos inertes, desparramados como marionetas sin hilos.
Aquel escalofrió subió hasta lo alto de mi espalda, no sabía quién los había asesinado, sentí demasiado temor, quizás también vendrían por mí. Del susto, en un santiamén cerré todas las puertas del castillo, mi cerebro llegó a pensar que de esa manera estaría a salvo… gran error. Me quedé ahí, escuchando el latido de mi propio corazón rebotar en los muros, cruel vivo sentir de un corazón delator.
El silencio de la oscura noche puso en pausa el horror que mis ojos habían presenciado. Al amanecer, ese silencio se interrumpió por el crujir de las puertas, escuché pasos y gritos, me asomé con sutileza y vi a un grupo de hombres armados que había irrumpido en mi castillo, tenían espadas en mano, jadeaban como bestias acorraladas.
Estaba confundida, no sabía si ellos eran responsables de las muertes de mi personal en el castillo o simplemente eran forasteros, uno de ellos me vio y se acercó a mí, me tomó de mi brazo y me empujó hacia los demás hombres, ellos me estudiaron con miradas afiladas, de pies a cabeza, hasta que uno me tendió una espada, su gesto era claro, o luchaba con ellos o moría como los demás.
Entre las espadas de aquellos desconocidos y mi corazón delator, apareció él, un hombre de rostro calavérico, no sé con exactitud si era un hombre o una mujer, pero las prendas que llevaba puestas eran sin duda de un hombre, tenía sus delgadas manos bañadas en sangre fresca. Sus ojos, tan profundos como los deseos de mi alma, parecían devorar el alma de quien lo mirara, entre él y yo había apenas una pequeña diferencia… yo creía estar viva.
Quede impactada ante esa figura que apareció frente a nosotros, y entonces sucedió, un hombre del grupo lo atravesó en el pecho con su espada, su cuerpo cayó con un estrépito seco, pero no hubo alivio entre la pequeña multitud, pues el verdadero horror aguardaba afuera.
Los hombres que antes me habían retado a un duelo, ahora estaban de mi lado, me explicaron que, en las aldeas cercanas, existía un mago que había liberado algunos experimentos fallidos, creaciones horríficas, monstruos sin nombre que lo único que tenían programado en sus códigos genéticos era la destrucción. Ahora esos engendros se dirigían al castillo.
Y sucedió entonces, el sonido que nadie quería escuchar, pasos, gritos desgarrados y luego un golpe seco contra los muros, aquel miedo no se comparaba al que sentían al leer las sagradas escrituras y sus demoniacos castigos a los herejes. Decidimos correr, cada paso era una salida de aquella monstruosidad.
Al ver que había muchos muertos en las demás habitaciones del castillo, decidimos correr a las escaleras interminables para nuestra ansiedad por salvarnos. Logramos hallar una cámara secreta y hallamos los secretos antiguos de la piedra… allí, el aire olía a polvo y magia olvidada.
Anonadados por la situación, cuando nuestra esperanza abandonaba aquel lugar, escuchamos los pasos retumbar de nuevo, solo que esta vez se escuchaban más pesados, como si una máquina de cocina estuviese caminando, pasos metálicos, inhumanos.
Entonces dejé el miedo atrás y decidí asomarme desde lo alto de las escaleras, y la vi, aquella mujer colosal, de piel metálica, calva, con ojos rojos que ardían como carbones encendidos.
Sentí demasiado miedo, no pude emitir sonido alguno, incapaz de gritar, mi rostro estaba de nuevo sudado pero esta vez el sudor recorría mi cara con un hielo infernal, los demás la vieron también y la desesperación se convirtió en nuestro único motor de supervivencia.
Huimos por corredores ocultos del castillo y hallamos una puerta sellada con magia antigua, mis ojos se iluminaron de color amarillo y la puerta se abrió, no sé que pasó en ese momento, pero entendí que aún no me conocía por completo a mi misma. Tras aquella puerta, descubrimos un secreto que ni yo, señora del castillo, conocía.
Había una cámara subterránea iluminada por el resplandor de decenas de huevos, eran huevos de dragón, criaturas ancestrales que dormían aguardando su momento, ahora algo tenía sentido, los experimentos fallidos buscaban destruirlos antes de que nacieran. Sentí que mi pecho se iluminó, sentí que las señales que había tenido desde que era una niña, por fin estaban teniendo sentido alguno.
Tras mi orden, cada uno de nosotros tomo un huevo con reverencia y con cuidado, en ese momento uno de los guerreros sacó de su bolsa un frasco de poción mágica y nos lo dio a beber, nos dio su voto de confianza en esta misión.
Apenas lo bebimos, nuestras espaldas ardieron y en un abrir y cerrar de ojos, estábamos volando sobre las nubes, estábamos huyendo de aquel horror junto a los