El catalizador de ébano

Prólogo

Kaelen nunca esperó que la carta llegara. En un mundo donde la magia se hereda por linajes de sangre tan antiguos como las montañas, él era solo el hijo de un encuadernador de libros en la periferia del reino. Sin embargo, ahí estaba: un sobre sellado con cera negra y el emblema de la Academia Arcanum, la institución más prestigiosa (y peligrosa) para magos.

Al llegar, Kaelen se sintió como un error en el sistema. Mientras otros estudiantes hacían levitar sus baúles o encendían antorchas con un chasquido, él apenas podía hacer que una pluma vibrara.

—¿Un humano "puro"? —una voz fría y aterciopelada lo detuvo en el Gran Salón—. Pensé que los de tu clase solo venían aquí a limpiar los pasillos.

Kaelen se giró para encontrarse con Valerius van Drakken. Valerius era todo lo que Kaelen no era: alto, de piel pálida casi traslúcida, ojos plateados que parecían ver a través de tu alma y una túnica bordada en hilos de plata que denotaba su linaje de nigromantes reales. Era el estudiante más brillante y, según los rumores, el más cruel.

—Vengo a estudiar, igual que tú —respondió Kaelen, tratando de que no le temblaran las rodillas.

Valerius soltó una risa seca, acercándose lo suficiente para que Kaelen oliera el aroma a ozono y pergamino viejo que desprendía su magia.
—La magia no se estudia, humano. Se dicta. Si sobrevives a la primera semana de "Danza de Elementos", quizás me aprenda tu nombre.

Pero Kaelen tenía un secreto. No tenía magia propia, pero su cuerpo actuaba como un catalizador. En la primera clase, cuando un hechizo de fuego salió de control y amenazó con incinerar a la mitad del aula, todos corrieron. Kaelen, por instinto, extendió la mano. En lugar de quemarse, sintió una calidez eléctrica recorriendo sus venas. Absorbió el fuego y, sin saber cómo, lo transformó en una ráfaga de pétalos de cristal que cayeron suavemente al suelo.

Desde las sombras, Valerius lo observaba con una mezcla de desconcierto y una curiosidad que rayaba en la obsesión. El chico "insignificante" acababa de hacer algo que ningún mago de sangre pura podía: purificar la magia cruda.

Esa noche, Valerius apareció en el dormitorio de Kaelen. No venía a insultarlo.
—Tu existencia es una anomalía, Kaelen —dijo, acorralándolo contra la pared mientras sus dedos, fríos como el hielo, rozaban la mandíbula del humano—. Y en esta academia, las anomalías terminan muertas o... reclamadas.

Kaelen tragó saliva, dándose cuenta de que el peligro en Arcanum no eran solo los monstruos o los hechizos fallidos, sino la forma en que el mago más poderoso de la escuela lo miraba, como si fuera el enigma que llevaba toda la vida queriendo resolver.




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